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Relato: Esther B. (Primera parte)

Relato: Esther B. (Primera parte)

   Esther es una hembra muy alzada. Siempre, ya desde antes de la adolescencia, se masturbaba varias veces al día, y estaba casi todo el tiempo excitada. Esto, sin embargo, no afectó demasiado su vida hasta que a los diez años, casi de un día para el otro, le crecieron las tetas de una manera descomunal, se le redondearon las caderas de golpe y le engordó el culo. Se transformó así de una niña delgadita y de rostro bonito a una pendeja adolescente llena de carne en los lugares correctos.
Como es natural, a partir de entonces no pudo casi salir de su casa sin que todos la miraran, le dijeran groserías o incluso la manosearan si tenían la oportunidad. Esto, por un lado, la ponía incómoda, pero por otro, la excitaba al punto de hacerla tener la concha empapada todo el día y generarle a la noche una casi insoportable oleada de sueños eróticos.
Perdió la virginidad en la fiesta de cumpleaños de una compañera de clase, durante el primer año de liceo, a los doce. Todos los varones, como siempre, estaban interesados en ella. Y en cierto momento de la noche, mientras el resto de los concurrentes estaba ocupado en las tonterías habituales de un cumpleaños, un grupo de cinco la arrinconó en el fondo del edificio, contra un árbol que los protegía de la vista de los demás, y la violaron. Ella, adolorida y humillada, lloraba pidiéndoles que la dejaran, pero simultáneamente, casi desde la primer penetración, no podía evitar la tremenda excitación que la embargaba y el constante fluir de los orgasmos.
Los dos primeros, luego de terminar, fueron a buscar a otros de sus amigos y les comentaron que la estaban cojiendo. Así, con el correr de la voz, lo que primero fueron solo cinco se transformó en un montón de chicos que abusaron de ella. En algún momento alguno tuvo la idea de violarla por el culo también y la dieron vuelta, aplastándole y raspándole las tetas, que le habían sacado por el escote de su vestido, contra la áspera corteza del árbol, y la sodomizaron. Cuanto más aumentaba el dolor y la humillación, más excitada se ponía Esther.
En cierto momento, entrando y saliendo de la inconsciencia, la jovencita notó que al menos un par de los que la estaban violando eran adultos. Y más adelante, ya cerca del final de su vejación, se encontró con que una mujer de entre veinticinco y treinta años le estaba dando fuertes bofetadas en las tetas (que ya estaban arañadas, mordidas y tenían rastros de sangre por haber sido raspadas contra el tronco del árbol).
Cuando sintió al último de los violadores sacar su pene de su interior y oyó sus pasos alejarse, Esther estalló en un desesperado llanto mientras se meaba sin control. Cuando se calmó un poco, se puso en pie, guardó como pudo su inmensas y dañadas tetas dentro del vestido y se deshizo de su bombacha, que estaba en torno a uno de sus tobillos. Y entonces la vio.
Sentada al borde de una gran maceta de flores estaba, elegante y hermosa, la mujer que la había golpeado hacía un rato. Era delgada, de estatura normal, tenía el pelo negro y lacio con un cerquillo que le quedaba muy bien, y llevaba un vestido verde claro y zapatos de taco muy alto. Sonreía amablemente.
-¿Fue tu primera vez, preciosa? -tenía una voz profunda pero a la vez suave.
Esther la miraba sin poder articular palabra. Sin entender, ya que, después de todo, pese al exuberante desarrollo de su cuerpo, no era más que una niña, sintió como la vagina se le mojaba otra vez al recordar lo que sintiera cuando vio la cara de aquella mujer por primera vez.
-Voy a tomar eso como un sí -y le sonrió más aún-. Es normal que estés confundida. Te gustó, ¿verdad? Te gustó mucho.
Esther, tímida, asintió con un leve movimiento de cabeza.
-La mayor parte de las mujeres que son violadas tienen orgasmos porque su cuerpo reacciona a los estímulos, pero sin que les guste lo que les está pasando. Tú, sin embargo, estabas como una perra en celo, ¿sabes? La concha te chorreaba hasta las rodillas y, no sé si te diste cuenta, pero mientras te cojían gemías y pedías más -hizo una pausa-. ¿Qué edad tienes?
-D-d-doce.
-¡Por Dios! ¡Si sos una nena! Con esas tetas y esas nalgas pareces por lo menos de veinte.
-¿Qué hora es? Mi mamá quiere que llegue antes de las tres.
-Tranquila que es temprano todavía. Si quieres te llevo. Pero primero vamos por mi casa para que te bañes. No puedes llegar así porque pareces salida de una orgía.

La mujer la ayudó a salir de la casa de su amiga sin ser vista. Caminaron dos calles hasta que llegaron a donde estaba estacionado el auto y subieron.
-¿Cómo te llamas, linda? Yo soy Alba B.
-Esther.
Junto a aquella desconocida, la niña se sentía extrañamente a gusto. Una vez que estuvieron en el auto se relajó un poco. Preguntó:
-¿Por qué me pegó?
-Es difícil de explicar. Dime, ¿te gustó?
-S-sí. Es como si cuanto más me dolía más me gustaba. Es raro. ¿Estoy enferma?
-No estás enferma. La sexualidad es algo muy complejo. A ti te gusta el dolor y a mí lo que me gusta es hacer doler. Por eso te pegué. Porque vi que te estaba gustando de verdad lo que te hacían.
-Pero... No entiendo. Lo que esos chicos me hicieron es...
-Está mal, ¿ok? Violar a los demás está muy mal. Pero tú eres distinta, realmente te gustó -la mujer suspiró-. Es muy complicado...
Esther la interrumpió.
-No tanto. Puedo ser una niña todavía, pero soy bastante inteligente -de a poco estaba recuperando su estado mental-. Me violaron y eso está mal. Es muy simple. A mí me gustó porque me gusta el dolor. También es simple. Fue una casualidad que justo me hicieran eso a mí, pero fue una suerte, tanto para ellos como para mí. ¿Entendí bien?
Alba estalló en una sonora y cristalina carcajada.
-Muy bien. Creo que no o podría haber resumido mejor. ¿En serio tienes doce?

En la casa de la mujer, la niña vio la hora en un reloj de pared. Eran recién la una y media. La dueña de casa le indicó donde estaba el baño y la dejó sola para que se higienizara.
Media hora después Esther salió arreglada otra vez. El vestido tenía algunas manchas, pero nada que delatara lo que le había pasado. Alba le dijo que se secara el pelo con un secador para que su madre no se diera cuenta de que se había bañado.
Conversaron un poco más acerca de sexo. Esther hizo muchas preguntas y a las dos y media de la madrugada salieron en el auto hacia la casa de la joven.
-Me caes bien, Alba. No me tratas como a una niña y eso me gusta.
-Eres demasiado buena, Esther. Si piensas cómo se dieron las cosas, en realidad soy una basura, como todos los hombres y chicos que abusaron de ti esta noche. No olvides que te violé.
La joven se encogió de hombros y le dedicó una sonrisa sincera a la mujer.
-¿Me das tu teléfono? -preguntó-. Me gustaría poder hablar contigo de vez en cuando.

Y así comenzó la historia de Esther B.
 



Relato: Esther B. (Primera parte)
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