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Relato: Cuando tenía trece años.

Relato: Cuando tenía trece años.

  Antes que nada debo confesar que a Erica la conocía desde cuarto años, teníamos diez años. Ella me gustó desde la primera vez que la vi y la molesté, la molesté mucho, tanto que creí que me odiaba y por esa razón se cambió de curso.

Cuando comenzamos octavo la vida nos quiso unir de nuevo. Ya no me encontré con la niña tímida que me hacía mala cara cuando me veía, ahora veía una mujer en un florecer que la volvía irreconocible. Su figura había cambiado acentuando unas curvas donde mejor le convienen. Esos pechos, paraditos y grandecitos eran mi deleite. Y su cola que sobresalía de su falda... Lo único que no le cambió fue sus ojos de café y su melena de oro. Me había enamorado de nuevo.

En ese entonces todos éramos adolescentes precoces, que hablaban mucho y hacían poco (me refiero a mis amigos y yo). Muy pocas mujeres se nos acercaban a hablar. Erica nunca me dio la mirada por alguna razón. Tanto era que su cara se tiñó de miles de colores al escuchar que sería mi compañera en el trabajo de investigación. Hombre, jamás olvidaré como se le arrodilló al profesor de que nos cambiaran pero neh, "no se puede hacer nada mñas, mijita" le decía. Después de clases nos encontramos en la biblioteca. Yo le comenté que mi tío tenía una clínica y que podíamos investigar allí y que trabajar en mi casa porque mis papás nunca estaban y. "Oye", ella me dijo, "si crees que te vas a acostar conmigo, ni lo pienses". Me había leído la mente la descarada esta. Quedamos en reunirnos dos veces por semana en la biblioteca por el resto del semestre.

Con el tiempo la tipa se fue soltando. Digo, empezó a hablar más. Dejó de cohibirse en su ira irracional y pues yo, yo me mostré como una mejor persona. Y sí, compartiamos muchos gustos en común. Con el tiempo los encuentros se pronlongaron escuchando música y debatiendo sobre política. Erica siempre fue una muchacha muy inteligente, digna de mis respetos. Al pasar las semanas me empezó a saludar en clases. Incluso, compartíamos los descansos de en vez en cuando.

En alguno de nuestros encuentros, repentinamente, me preguntó lo siguiente: "¿Eres virgen?". Le había cogido tanta confianza que no dudé en responderle que sí. Ella me cuestionó por lo que escuchaba de mí en clases pero no era así, le dije, son puras patrañas con las que salgo. "¿Y por qué lo dices?", me preguntó. "No sé", respondí. "¿Te gustaría probarlo?". "Sí" y allí murió la conversación.

A los días nos tocó ir a la clínica de mi tío. Nos hicimos en un cuartico después de hacer algunas entrevistas. Erica venía con un pantalón que pronunciaba sus nalgas y un escote muy generoso para la vista. Mientras ella escribía yo me le acerqué poco a poco hasta que estuvimos frente a frente. La besé y ella cedió. Así mis manos empezaron a explorar desde el contorno de sus senos sobre su camisa, duros pero firmes mientras bajaba y bajaba hasta apoyarme en su cola y simplemente divertirme. Su respiración se volvió más profunda. No quise pero ella se detuvo. Estaba colorada. "Es mi primera vez haciendo esto" me dijo. "También la mía" y la besé. Cerré las cortinas y tranqué la puerta. La acosté sobre un sofá que había. Nos miramos el uno a otro mientras mis manos se escabullían sobre su blusa. Ella se rió con una coquetería, así me prendió. Pero había un problema, ya casi eran las cinco. Hasta esa hora podíamos estar allí. Yo le dije que fueramos a mi casa y ella aceptó sin pensarlo.

No veíamos que llegaramos. Íbamos en un taxi, envueltos en caricias y besos. Le pagué al conducto con un billete de veinte y le dije que se quedara con el cambio. Subimos de una a mi cuarto, cerré la puerta y nos arropamos bajo la penumbra que rodeaba mi lámpara. Poquito a poquito subí su blusa hasta encontrarme con sus pechos aprisionados en un sostén negro. Abrigué mis manos sobre ellos, grandes y calientes. Ella difícilmente podía con mi pantalón así que me tiró sobre el colchón y me lo quitó de una vez. Sentí como acariciaba mi tronco entre mis bóxers. Bajaba hasta la base y después subía, una y otra vez. Cerré los ojos y lo único que sentí fue un estruendo que recorrío todo mi cuerpo. Me lo chupaba aunque me lo mordió sin querer me gustaba. Me gustaba como su lengua lo recorría todo hasta llegar a mis bolas. Abrí y vi como su melena dorada cubría su cara mientras me lo mamaba. Le dije que ya está, que la necesitaba aquí y nos empezamos a besar, revolcándonos sobre mi lecho. Así le quité el sostén, el pantalón, las pantaletas hasta encuerarla sobre mí y ese cabello que le caía encima, parecía un resplandor que le ocultaban los pechos. Me sonreía y yo sólo la manoseaba y me la comía a besos. La quería hacer mía y ese era mi momento. Mi pene estába palpitando de hambre, quería llegar más allá. Así sin previo aviso empecé a entrar en ella, suavemente mientras cerraba sus ojos y gemía. Gemía. Gemía. Como un eco. Poco a poco hasta que entró y sólo empecé a juguetear. A hacerla mujer. Ella gritaba, gritaba. Su cuerpo se retorcía con el mío, pidiéndome placer. Yo decía su nombre en el oído. Las cosas se tornaron más rápidas hasta que ella gritó como desesperada, gritó liberando sus ganas y yo no lo contuve y mordiendo su oreja mientras aruñaba su espalda me vine.

En un suspiro me alivié. Ambos quedamos tirados, agotados. Ella se acercó y me lo mamó de nuevo. Se levantó de la cama y la vi vestirse y volver a ser alguien quién no era. Le dije que la quería pero ella sólo me respondió que se hacía tarde, que tenía que volver ya a su casa y así se fue, dejándome solo bajo la penumbra de mi cuarto desnudo.

Seguímos reuniéndonos pero yendo directo al grano. Al terminar el trabajo nos dejamos de hablar. Supe que después se cambió de colegio a lo pronto que terminó el semestre. Se me había escapado de nuevo. Y sí, la seguía queriendo pero nada podía hacer. Con el tiempo fui conociendo más niñas y empecé a creer en el placer de la experiencia, lo cual se volvió mi objetivo al tener sexo.

Una mañana alguien me timbra al teléfono. "Oye", me dice, "Te quiero y muero por verte pronto".
 



Relato: Cuando tenía trece años.
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