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Relato: Cogí con mi novia, su madre y sus hermanas (Capítulo 7)

Relato: Cogí con mi novia, su madre y sus hermanas (Capítulo 7)

  Relato de cómo cogí con mi novia, su madre y sus hermanas

SÉPTIMA PARTE: Todo tiene su final

Estando solo los dos en el Balcón me acerqué a Mariajosé, ella aún lucía enojada, era firme su carácter. Por mi cabeza jamás pasó la idea de cumplir con la sugerencia de Karla, solo quería contarle mi versión de lo que había pasado para contrarrestar lo que ella había visto. Cuando me disponía a explicarle que lo ocurrido con Karla había sido prácticamente una obligación, ella me interrumpió y sin titubear me dijo, “disfruta de los días que vas a compartir acá con Majo, porque apenas termine este paseo quiero que te alejes de ella. No quiero verla ni un día más junto a ti. Y si tengo que confesarle que hasta yo he sido partícipe de esto, lo haré”.

Se fue y yo quedé solo allí en el balcón. Me quedé allí parado, divagando mientras miraba el mar. Pensaba en lo insoportable que sería para mi asumir que ya no podría estar más con Majo, era algo que no me cabía en la cabeza, de ninguna forma lo concebía. Meditaba la forma de salirme de este lío, pero lo único a lo que podía recurrir era a la negación. En ese escenario era mi palabra contra la de la mamá de Majo. Viendo lo extraña e increíble que podía resultar la historia para Majo, yo podría apelar a la demencia de su madre; argumentar que su madre estaba inventando cosas para hacernos terminar. ¿cómo se le iba a ocurrir decir que habíamos cogido, o que yo había cogido con otra de sus hijas?
Siendo así, me di ánimos y pensé que todo iba a estar bien. Luego fui a la habitación para acostarme muy pegadito a mi bella Majo.

Los días fueron pasando, la madre de Majo disimulaba muy bien su enojo. Karla también disimulaba muy bien lo descarada que era. La pasábamos bien durante el día, conociendo los sitios cercanos a nuestro lugar de vacaciones. Majo poco a poco iba cediendo a su resistencia. Su naturaleza le impedía contenerse y de a pocos se iba olvidando del bochorno frente a su hermana, pero ahora buscaba ser lo más precavida posible, por lo menos mientras alguien de su familia estuviera cerca. Recurríamos a cosas como irnos en el auto a las afueras de la ciudad y hacerlo allí, en el asiento trasero, o volver a los matorrales cercanos a las canchas de tenis, o tomar un duchazo juntos a las tres de la mañana, mientras todos dormían.

Faltando un día para que terminara el paseo fui a la playa con Majo y su familia, solo faltaba Karla que había dicho que iría de compras. Mientras las mujeres de esta familia tomaban el sol para volver de las vacaciones con un lindo bronceado, yo charlaba y bebía unas cervezas con José, Mariano y Johnny, el novio de Esperanza. Johnny dijo querer volver a la cabaña para ir al baño, yo me ofrecí a acompañarlo para así poder recoger un porro que planeaba fumar con Majo al borde del mar cuando todos se marcharan. Apenas entramos escuchamos unos gemidos que venían del cuarto en donde se quedaba Laura. La puerta estaba ligeramente abierta; Karla, que a pesar de tener un cuerpo estupendo y poder cogerse al que le diera la gana, estaba allí consintiéndose sin ninguna restricción. Ni siquiera se dio cuenta de que la observaba. Me alejé un poco de allí y le dije a Johnny que había algo para él en ese cuarto. El joven novio de Esperanza entró y cerró la puerta. Pasados un par de minutos, mientras buscaba el porro, los oía coger. El pendejo iba a quedar agradecido conmigo de por vida.
Volví a la playa y me senté nuevamente junto a Mariano y José, bebimos por una hora más, luego fui y me senté junto a Majo. Ella dormía boca abajo, recibiendo el sol en la espalda. Aparentaba estar tranquila y relajada sobre la arena. Le di un masaje, desde luego que un masaje muy tranquilo, nada sexual. Solo un masaje que consiguiera relajarla.

Era nuestra última noche allí, al otro día volveríamos a nuestra ciudad para retomar nuestras vidas luego de unas vacaciones. Majo y yo nos quedamos solos en la playa, no del todo solos, aún había gente allí pero su familia ya había regresado a la cabaña. Nos quedamos sentados a la orilla del mar por un largo rato, hasta ser las últimas dos personas que quedaban en la playa. Nos acostamos ahí mismo, en donde acaba la vida de las olas; terminaban de romperse cuando chocaban contra nuestros cuerpos. Nos besábamos, acostados, sintiendo el agua ir y venir. Luego le pedí a Majo que se acostara boca abajo, le di un masaje con mis manos y con mis labios, recorrí de arriba abajo y de abajo arriba su espalda; llegaba al límite de esta, justo donde empezaba su tanga y empezaba a rodear los bordes con mi lengua.
Esta vez fue muy distinto el sexo con Majo, ella estaba tan relajada que me cedió totalmente la iniciativa, se relajó y dejó que yo tuviera plena libertada para complacerla como quisiera. Todo el tiempo ella estuvo boca abajo.
Encendimos el porro mientras yo la cogía, resultaba un poco complejo coordinar entre coger y fumar sin permitir que el porro se mojara. Una vez que terminamos el porro seguimos moviéndonos, lo hacíamos muy lento, queríamos que la última vez que lo hacíamos en esa playa durara mucho. En esta oportunidad no corrimos con la mala fortuna de la anterior ocasión; no pasó gente, por lo menos no mucha, apenas un vendedor de ostras que terminaba su jornada de trabajo y una pareja de novios que caminaba al borde de la playa. Igual no nos importó.

Una vez que terminamos volvimos a la cabaña, a empacar nuestro equipaje y luego a dormir, estábamos agotados y sabíamos que el siguiente día sería el retorno, un día muy largo.

Continuamos nuestra vida normal. Yo seguí saliendo con Majo, haciendo caso omiso de la advertencia de su madre. No pensaba terminar con ella y en caso de que su madre hiciera lo imposible para acabar con nuestra relación, yo haría lo mismo para que esto no ocurriera. De todas formas parecía que esto ya no era relevante para esta mujer. Siempre que pasaba por su departamento buscando a Majo, me recibía, me hablaba y me atendía muy bien, era como si hubiera olvidado lo que había ocurrido durante esas vacaciones o quizás como si me estuviera dando una segunda oportunidad.

Fueron pasando los meses, mi relación con Majo era cada vez más solida, a tal punto de que estábamos pensando en vivir juntos. La idea era que ella se mudara a mi departamento lo más pronto posible. Solo teníamos que esperar la llegada del fin de mes, con esto tendríamos dinero para comprar ciertas cosas que necesitábamos para poder vivir juntos.
Que Majo se mudara a vivir conmigo era una idea que por lo menos a mí me cerraba perfecto. Ya no tendría que ir al departamento de sus padres, bueno, ocasionalmente de visita pero ya no sería tan frecuente; no tendría que sentir ese temor, esa incertidumbre de saber si la madre de Majo abriría la boca para terminar con nuestra relación. También era alejarme un poco de la tentación que implicaba visitar ese departamento, no ver más a su madre o a Esperanza; era de alguna forma asegurarme la tranquilidad de mi consciencia. Además, anhelaba desde hace un buen tiempo convivir con Majo.

Ya era un hecho que Majo se iría a vivir conmigo. La mudanza la haríamos durante un fin de semana, pero durante la semana, mientras ella trabajaba y estudiaba, yo iría al departamento de sus padres para ir recogiendo algunas de sus cosas. Lo más grande y pesado no lo llevaríamos el fin de semana.

El miércoles de esa semana, recuerdo que llegué alrededor de las cinco de la tarde a su departamento. Esperanza fue quien me abrió, estaba sola en casa. De hecho, estaba dormida y se despertó cuando yo toqué el timbre. Me hizo pasar y luego se volvió a ir a la cama. Yo empecé a bajar algo del trasteo de Majo, objetos livianos que podía alzar sin dificultad y meter en el ascensor. En una de tantas subidas y bajadas me encontré con Mariajosé, la madre de Majo, en el pasillo principal del edificio, el que da el acceso al ascensor. Como me vio agotado me hizo sentar en la sala y me ofreció una bebida. Le pedí un vaso de agua, lo trajo al instante y se sentó junto a mi. Hablamos por un rato y justo como me lo esperaba, sacó el tema del incidente de Karla en el paseo. Me dijo que esa noche, luego de habernos visto se había ido a su cuarto a tratar de dormir, pero no lo había conseguido. En su cabeza daba vueltas la imagen de su hija mayor cogiendo conmigo, una y otra vez aparecía esa imagen en su cabeza. Decía que se había acostado enojada, pensando que le parecía inconcebible lo que habíamos hecho, pero que con el pasar de las horas había decidido que lo mejor era olvidarse del tema. Que había resuelto guardar silencio, no porque yo le cayera bien y aprobara lo que había hecho, sino porque ella era tan culpable como yo, porque ella también había conseguido que yo le fuera infiel a su hija. Además porque sabía que si le contaba a Majo le iba a romper el corazón, la iba a hacer sufrir inmensamente y eso no era lo que quería para su hija. Dicho esto, me dijo que había decidido darme una nueva oportunidad, eso si, advirtiéndome que si volvía a ocurrir, si le volvía a ser infiel a su hija, fuese con quien fuese; no se limitaría a acabar con nuestra relación, si no que haría lo imposible para acabar con mi vida. Dura advertencia me daba esta señora, parecía muy convencida, así que asentí con mi cabeza, le dije comprender del todo lo que acababa de decirme y prometí no defraudarla.

Una vez que terminamos de hablar se ofreció a ayudarme a bajar algunas de las pertenencias de Majo. Muchas de las cosas ya estaban en cajas, así que nos las repartimos y empezamos a llevarlas al ascensor y luego al auto. Había algunas que eran tan pesadas que debíamos alzarlas entre los dos. Aquí aparecieron los problemas.

Cada vez que Mariajosé se agachaba a recoger alguna de las cajas, me daba una inmejorable panorámica de sus hermosos senos, era inevitable no verlos, aunque sea de reojo. Luego ponía las cajas en el suelo y se acomodaba su camisa, no sabía si se daba cuenta de que le estaba mirando allí así que busqué ser medianamente disimulado.

De verdad que Majo tenía muchas cosas, pensaba llevarse un montón de cosas, tantas que casi no terminamos de bajarlas y meterlas en el auto; para cuando terminamos ya había anochecido del todo. Cuando terminamos me invitó nuevamente a entrar en su departamento a tomar algo para refrescarme. Le agradecí y fuimos a su departamento. Me ofrecí para ayudarle a servir las bebidas pero me dijo que no era necesario, que la esperara en la sala y que ella las llevaría al instante. Sentado en uno de los sofás de la sala, recuperándome de un trasteo agotador esperaba por Mariajosé. Ella se acercó con una bandeja, en ella traía dos vasos. Cuando se agachó para poner la bandeja sobre la mesa nuevamente pude observarle sus senos y en ese mismo momento se salió uno de ellos. Ella dejó escapar una risa ligera, “siempre me pasa lo mismo con esta camisa”, dijo mientras se reacomodaba sus senos en la blusa. Se dio vuelta para recoger los vasos, agachó su torso, manteniendo sus piernas sin flexionarse, permitiendo así que su culo se asomara en su punto más alto, se veía muy ajustado. ¡Muy provocativo!
Cuando se dio la vuelta para darme el vaso tropezó y dejó caer gran parte del liquido en ella y en mi. Casi todo cayó en su camisa y sobre mi pantalón, inmediatamente dijo que iría a traer un tapo para secarnos. Volvió muy rápido y empezó a pasárselo sobre su camisa a la altura de sus senos. “Esto no seca, me voy a cambiar”, dijo al tiempo que desapuntaba su camisa. Luego me pasó el trapo para que yo intentara secarme. Cuando terminó de hablar se sentó en el mismo sofá en que yo estaba y prendió un cigarro. Yo le pregunté ¿por qué no iba a ponerse otra camisa?
“Cuando termine de fumar voy cariño”, siguió allí y me alcanzó el otro vaso, el que aún tenía agua. La bebí mientras charlábamos y ella fumaba el cigarro. Para ese momento yo hacía un gran esfuerzo por no mirarla, no quería calentarme al ver su cuerpo y dejar en evidencia la excitación que me provocaba. Pasaba el tiempo y cada vez se me hacía más difícil contenerme. Había pensado quedarme esperando a que llegara Majo, pero viendo el esfuerzo que me estaba costando evitar excitarme con esta madura en corpiño frente a mi decidí que lo mejor era irme.

Me puse de pie para despedirme e inmediatamente ella me preguntó, “¿no te vas a esperar a que llegue Majo?¿te vas a ir con el pantalón mojado?... si querés lo metemos en la secadora unos 15 minutos”. No tenía tiempo para dudar, así que acepté pero le pedí que me alcanzara una toalla para taparme con esta. “No es necesario, no hay nada que no haya visto”, contestó la sensual madre de mi novia. Ahora si estaba en verdaderos problemas, sin el pantalón se daría cuenta sin mayor esfuerzo de mi estado; lo peor es que cada minuto que pasaba me sentía más caliente a pesar de no haber visto nada diferente a esta tremenda veterana en sostén.

De todos modos me los quité y asumí el reto de poner mi atención en cualquier otra cosa. En un comienzo lograba distraerme, le hablaba a la madre de Majo de lo estresante que estaba siendo el trabajo desde que habíamos vuelto de vacaciones. Y funcionaba, me concentraba tanto en recordar todos los detalles que me generaban estrés en el trabajo que hasta había perdido todo el interés por mirarla. Era casi un monólogo, ella se limitaba a responder con monosílabos o asintiendo con la cabeza a casi todo lo que le contaba. Poco a poco me fui quedando sin tema de conversación, por segundos se hacían unos silencios muy tensos. Tenía que pensar rápidamente en el siguiente tema para hablar con esta señora. Y así estuve por aproximadamente 15 minutos, después se me hizo cada vez más difícil no centrar mi mirada en ella; ni qué decir de lo complejo que me estaba resultando pensar en nuevos temas de conversación.
La miraba, cada vez que se hacía silencio, ella llevaba constantemente el cigarro a su boca y luego soltaba rápidamente el humo, como con desprecio, o quizás mejor, prepotencia. Ocasionalmente bajaba su cabeza mirando hacia sus senos mientras se enredaba un mechón a la altura de su hombro derecho.
Desesperadamente escarbaba en mi cabeza buscando un nuevo tema del cual hablar con Mariajosé, pero ahora si. ¡Ahora si que estaba en un lío! Cada silencio era una tortura; a tal punto que en un momento, cuando justo yo estaba contándole algo, tuve que cortar, interrumpirme a mi mismo para excusarme e ir al baño. Y encendí la luz del baño, y si, me vi, ¡estaba durísimo!

Me eché un poco de agua en la cara, busqué poner mi mente en blanco; me era muy difícil conseguirlo. Permanecí un par de minutos allí buscando tranquilizarme. Mi plan era salir del baño y dirigirme directo a donde estaba la secadora y tomar mi pantalón.

Abrí la puerta del baño y fui a la sala, cuando llegué ella estaba allí sentada mirando hacia el lugar de dónde yo venía. Le dije que iría por mis pantalones, ella se paró. “Dale, te acompaño”. Se levantó, se adelantó a mi paso; así que ahora yo iba tras ella, me volvía loco verla caminar. Pero todo acabaría tan pronto llegáramos a la secadora. De repente dejé de mirarle el culo, subí la vista y vi que llevaba desabrochado el sostén. Inmediatamente me di cuenta de que era una maquinación de esta mujer. Quería seducirme, era bastante claro. Con más motivos debía tomar mis pantalones y emprender mi huida; por lo menos si quería cumplir a la promesa que le había hecho a esta mujer hace tan solo unos minutos.

Ella abrió la secadora, se inclinó un poco para recoger los pantalones y justo su sostén cayó al suelo. Estaba comprobadísimo que me estaba tentando, eso lo había deducido hace unos momentos, pero ahora su desfachatez no tenía límites, era absolutamente descarada. Aún sabiendo esto era innegable que los dos minutos que había pasado en el baño buscando relajarme se habían ido a la basura. Otra vez estaba completamente duro; evidentemente ella lo noto, al fin y al cabo que su cara estuvo a la altura de mi cintura por unos cuantos segundos.

“¿Y eso? ¿te calenté?”. Le dije que con todo respeto que era imposible no hacerlo si me estaba mostrando los senos. “Te entiendo, igual no te sientas incómodo, admito que ha sido mi culpa. Es más, te hago una confesión…”. Guardó silencio por un par de segundos. “El incidente de Karla me molestó, pero no solo porque engañaste a Majo… te lo digo clarito, solo soportaré que lo hagas, que la engañes conmigo”.

Quedé muy sorprendido, aún no sabía si me decía la verdad. No sabía qué decir, ni cómo reaccionar. Lo primero que hice fue pedirle que me regalara un cigarrillo. Luego le dije que de cualquier forma seguiría siendo engañar a Majo y no me parecía bien hacerlo. Por dentro pensaba que si era nuevamente con esta madura valía la pena totalmente, pero debía guardar compostura por si se trataba de una prueba.

“Puedes negar que lo deseas con palabras pero tu cuerpo no puede mentir. Igual, quédate tranquilo que te estoy hablando en serio. Tengo ganas, mi marido no está, está de viaje; hace un rato llamé a Majo y todavía está en clase, lo sé porqué no contestó, y Esperanza está dormida”. Insistí en tomar mis pantalones, era mejor evitar cualquier problema. Me los dio pero mientras me los ponía, ella se acercaba bailando, lo hacia aun sin que hubiera música. Lanzó su mano hacia mi pene, lo agarró por encima del bóxer mientras que se mantenía bailando. “¿Entonces te vas?”
Guardé silencio, ella continuaba su baile mientras que dirigía su cara hacia la mía, me ponía sus senos en mi pecho y los movía de lado a lado mientras buscaba besarme; traté de resistirme, corrí mi cara hacia un costado pero el intento duró cinco segundos. “¡Qué bueno que te decidiste”, dijo la caliente madre de mi novia. Se dio la vuelta y empezó a mover su culo de arriba a bajo contra mi pene; variaba el ritmo, lo movía lentamente y de repente quebraba con un movimiento brusco. Se fue quitando los pantalones mientras lo hacía. Cuando se sacó la tanga la tomo con sus dos manos, la alzó y empezó a pasarla por mi cara mientras se refregaba contra mi bóxer.

Le pedí que se detuviera, fue necesario recordarle que necesitaba un condón. “vamos a buscarlo luego de que te la chupe”; se dio la vuelta quedando ahora de frente a mi, pasó sus manos por detrás de mi cuello, aún seguía sin soltar la tanga. Siguió bailando, bajaba y se restregaba conmigo. Me pidió que me quitara el boxer y siguió restregándose, deslizando mi pene con el exterior de su vagina, hervía; bueno, los dos ardíamos. Continuaba con su baile, por un momento me sorprendí con la condición física de esta señora; llevaba un buen rato con su baile y no se cansaba. Fue bajando muy lento mientras chocaba lentamente sus caderas conmigo.

Con una mano tomo mi pene, lo metió rápidamente en su boca y lo sacó con la misma velocidad. Luego ponía por ratos la puntita de su lengua en la punta de mi pene, hacía círculos con la lengua. Lo hacía por un buen rato y luego, de sorpresa, lo metía hasta el fondo de su boca y lo volvía a sacar. Se repitió en esto por un par de minutos. Después empezó a sacudirlo fuertemente con sus dos manos a la altura de sus senos; yo estaba tan caliente que me corría de a pocos, tanto que mi pene estaba ya bastante humedecido con mi propio semen, quizás con algo de su saliva; se le resbalaba de las manos y se reía. Abruptamente, sin hacer ningún tipo de gesto, sin dar ninguna clase de aviso, lo metió en su boca y empezó a darme una fuerte, y por qué no decirlo, increíble mamada. Se la sacaba de la boca exclusivamente para volver a tomar aire y se la volvía a meter. Paraba ocasionalmente, para pasar su lengua lentamente por debajo de m pene, y continuaba con su salvaje forma de dar mamadas. Me hacía delirar, y cuando veía que estaba a punto de correrme se detenía por completo. Dejaba pasar unos diez segundos y retomaba, la velocidad con que deslizaba mi pene en su boca era incesante. Hasta que llegó un momento en que no soporté más, solté todo mi semen en su cara.

Ella se puso de pie, se pasó la mano por la cara, se limpió y me tomó de la mano. Fuimos caminando a su cuarto, era increíble a pesar de que acababa de correrme seguía durísimo. Camino a su habitación noté que del cuarto de Esperanza provenía un sonido, quizás el de la televisión. Así que ya se había despertado o se había dormido con la tele encendida.

Mariajosé cerró la puerta, me dejó sentado en la cama y fue a buscar un condón a un cajón. Mientras ella me lo colocaba le pregunté si solo había sido infiel a su marido conmigo. Ella respondió que obviamente no, “no habría soportado 30 años siendo mal cogida”. Mientras movía lentamente mi pene con una de sus manos, me contaba que se había casado con Mariano cuando había quedado embarazada de Laura; no quería que su segunda hija corriera la misma suerte que la mayor, criarse sin una familia.

Me puso el condón y sin dar tiempo a nada me montó. Se movía al ritmo que había bailado hace un rato nada más; movimientos lentos alternados ocasionalmente con un movimiento brusco. Cogimos en esa posición por un par de minutos, luego se levantó, fue nuevamente a su cómoda y encendió un cigarrillo. “¿Te había dicho que solo fumo cuando lo hago con otro que no sea mi marido?... tengo ese fetiche”. Volvió a mi, se dio vuelta y me montó. Seguíamos sentados, pero esta vez su espalda quedaba frente a mí, podía verle muy bien su culo mientras la cogía. Empezó a sacudirse fuertemente, yo la rodeaba con mis brazos y la agarraba de los senos; por ratos suave y por ratos fuertemente, dependía de lo excitado que estuviera.

“Esperanza, ¿usted que hace ahí?”, se escuchó el gritó proveniente de afuera del cuarto. Era Majo. La madre de Majo seguía sacudiéndose sobre mi, ahora giraba su cabeza para poder verme. Sonreía con mucha malicia mientras veía mi cara de pánico. Se escucharon unos fuertes pasos al exterior del cuarto, como alguien corriendo, luego una puerta cerrarse.

“¿Sabes?... ¿sabías que puse viagra en el vaso de agua que te di?, finalmente Majo se va a dar cuenta de que tiene a un hijo de puta como novio…”. Ella quiso seguir moviéndose, pero yo me levanté rápidamente, algo tenía que hacer. Pero estábamos desnudos, agitados y acalorados, además que mi ropa no estaba allí, se había quedado junto a la secadora. Ahora tendría que vivir una pesadilla, todo por mi imprudencia. Majo tocó a la puerta.

-¿Se puede? – preguntó Majo luego de golpear la puerta
-Claro cariño, pasa. – Respondió su madre


Se abrió la puerta y allí estábamos; yo con mis manos cubriendo mi pene y la madre de Majo de pie, con sus manos en las caderas. Los ojos de Majo se expandieron, quedó helada por un par de segundos.

-¿Qué es lo que pasa acá? – preguntó Majo
-Pues mi vida, que tu novio es un mal nacido. Como es un hábil mentiroso, un tremendo manipulador, tenía que desenmascararlo, y esta fue la mejor forma que encontré. Hace bastante sabía que te engañaba, pero como iba a ser su versión contra la mía, y no sabía que tan ciega podías ser, no sabía si me lo creerías; decidí entonces demostrártelo así – respondió su madre

Majo seguía mirándonos, sin poder creerlo, su cara no había dejado de marcar su gesto de incredulidad por un segundo. Miraba hacia los costados cómo tratando de buscar explicaciones. Apretó sus labios por unos instantes. Luego quebró en llanto mientras empezaba a maldecirme.

“Pero que hijo de puta que sos! ¡No lo puedo creer!”, decía ahogada en llanto. Hacía pausas para dejar escapar sus lamentos, lloraba, tomaba aire y seguía, “Y me decías que viviéramos juntos, que me amabas y no sé qué más estupideces…¿Sabes?, métete tus disculpas en el culo. ¡No te las voy a aceptar jamás!

Esperanza salió de su cuarto para ver qué pasaba. Entró al cuarto mientras Majo me maldecía. Marcó también en su cara una expresión de extrema sorpresa. Majo aún no había notado su presencia; estaba tan concentrada en descargar todo su odio hacia mi que por un rato no la vio. “Y yo como una estúpida pensando que solo tenías ojos para mí, pero no, resulta que tenés una capacidad para ser repugnante, tan forro que te coges incluso a mi madre…¿Hace cuánto? ¿Cuántas veces? ¿Con quién más?...”. Hizo una pausa, seguía llorando mientras esperaba una respuesta, respuesta que no llegaría, o por lo menos no de mi parte. Yo seguía ahí estático, callado sin saber qué decir. Esperanza se disponía a abrir su boca pero justo cuando empezó a hablar, Majo la interrumpió. “Cállate, cállate que sos cómplice, estabas ahí parada tras la puerta escuchándolos, ¡maldita enferma!, ¿quién sabe cuántas veces lo hayas hecho?...¿Sabes qué?, lárgate, no quiero ni verte”. Su madre le recriminó hablarle así a su hermana y le recordó que estaba descargando su ira conmigo; Esperanza corrió hacia su cuarto y se encerró. Majo guardó silencio por unos segundos, me miraba fijamente; mucho rencor, muchísimo rencor reflejaban sus ojos. “¡Lárgate! ¡ahora mismo!, no vuelvas a aparecerte jamás en mi vida”.

Empecé a caminar lentamente hacia la salida, no podía sostenerle la mirada a Majo. Cuando iba pasando junto a ella me detuve, levanté la cabeza, la mire a los ojos por unos segundos. Le pedí que me dejara explicarle, así fuera cualquier otro día, lo que había ocurrido. Y cuando me iba a responder con un nuevo insulto, le dije rápidamente que su madre me había dado viagra. Estuvo en silencio por un par de segundos y antes de que se animara a hablar yo tomé la iniciativa. Le dije que era imposible negarle lo que ella misma había visto. Sería un ‘caradura’ si negara lo innegable, pero le juré que era solo el efecto del viagra, que yo por su madre no sentía ni la más mínima atracción, que ella me había provocado, que realmente mi única inspiración era mi bella Majo. Mientras le decía esto busqué tomar sus manos, pero ella las quitó bruscamente. Entendí, debía irme y asumir que había perdido a Majo para siempre. Me di vuelta y continué mi camino.

“¡Espera!, voy a comprobar por mi misma si lo que dices es cierto”. Rápidamente se desvistió, me empujó fuertemente a la cama, se aseguró de hacerlo tan fuerte que yo tuviera que caer. Su madre le gritó muy agitada, “¿Pero qué haces Majo? ¿No está claro que este hijo de puta no te merece?”. Majo me montó, buscando reprimirse, buscando guardarse cualquier gesto de placer o complacencia. Empezó a cogerme, a sacudirse fuertemente. El odio continuaba en su mirada.

“Esto es absurdo”, dijo su madre mientras su madre se levantaba de la cama y se dirigía ala salida de la habitación. Majo le pidió que no se retirara, que hora la necesitaba más que nunca. La caliente madre de Majo se dio vuelta y permaneció allí, cruzada de brazos veía cuando su hija y yo cogíamos. Pasó un rato, increíblemente Majo había resistido bien el dejarse llevar por el placer, había dejado escapar unos cuantos gemidos y suspiros, pero realmente era tanta la furia que sentía que se había convencido muy bien de no mostrar placer; bastante bien para ser Majo. Luego de unos cuantos minutos montándome se detuvo. “Ahora te toca con mi madre. Si veo que lo disfrutas más con ella que conmigo todo terminó…” Su madre se puso en cuatro sobre la cama, yo me paré en el suelo, al borde de la cama, la agarré de las caderas y la penetré. Quería ir despacio para contenerme un poco, pero perder la erección con esta mujer resultaba imposible. Estaba tremendamente caliente, y cuando veía que yo me dormía con los movimientos, ella se encargaba de moverse fuertemente. Sin sacarse mi pene de su concha, se levantó; se apoyaba solo en sus rodillas, cruzó sus manos por detrás de mi cabeza, mientras volteaba su cara para besarme. Luego tomó una de mis manos y la posó en su vientre, y seguía moviéndose; chocábamos cada vez más fuerte. Por ratos me resultaba imposible no mostrar placer, ¡Era absurda la forma de coger de esta mujer!

Majo nos miraba de frente, buscaba no delatar en su rostro lo que estaba sintiendo. Ocasionalmente se le escaparía algún gesto, pero la verdad que no pude detallar bien eso; para ese entonces ya estaba plenamente concentrado en su madre. Majo se pasó la manó por su mentón y le pidió a su madre que se detuviera. Se levantó lentamente y luego me volvió a empujar con mucha fuerza, esta vez hacia la pared. Me sacó el condón, me trepó e introdujo mi pene en ella. Empezamos a coger allí de pie, recargados contra la pared; nos movíamos fuerte pero Majo seguía resistiéndose a mostrarme su placer, yo para ese momento deliraba.

Alternar entre lo apretado de Majo y lo experto de su madre me hacía sentir un deleite total. Y justo cuando pensé que iba a terminar, en ese mismo instante, Majo se bajó. “Acuéstate…¡Maldita sea que te acuestes!”. Le obedecí y me dejé caer en la cama, ella vino hacia mi y nuevamente me montó. Empezó a moverse muy lento, yo extendí mis manos y la agarré de las caderas, en ese momento me dio un tremendo puñetazo en la boca; me rompió la boca. Me detuve y agarré con ambas manos mi boca, Majo seguía moviéndose, pero ahora muy fuerte. Cuando sentí que iba a retorcerme un poco por el dolor; Majo me agarró fuerte la cara, “llegas a abrir la boca y te la termino de romper”. No tenía otra chance si no retomar, concentrarme en coger a Majo.

Luego dejó caer su cuerpo sobre el mío, cruzó sus brazos por debajo de los míos y se movía fuertemente sobre mí. Se sacudía con muchas ganas por aproximadamente un minuto, después se detuvo de golpe. Un freno drástico a su terrible movimiento y otra vez a alternar. Mientras Majo se levantó, su madre se dejó caer; abrió muchísimo sus piernas, diría que en unos 60º de abertura. La penetré lentamente, nuevamente buscando bajar la tremenda calentura. Y empezamos lentamente y así estuvimos en un comienzo, luego ella cerraba sus piernas por encima mío, buscaba empujarme hacia ella. Me miraba directamente a los ojos y luego tomaba mi cara entre sus manos. Me besaba y empezaba a moverse más fuerte.

Lentamente empezaba a arañar mi espalda, me clavaba las uñas en el cuello y luego las deslizaba lentamente hacia abajo.

“Ni se te ocurra, te corres en mí y te mato”, dijo luego de ver mi cara plena de placer. Me aguantaba, de verdad que me esforzaba; pero cuando empezó a apretarme las nalgas con sus uñas me resultó imposible. Lo vine venir y me zafé rápidamente de ella, volteé buscando a Majo pero para ese momento ella salía del cuarto mientras me decía un contundente “!jódete!”. Regresé entonces, con mucha rapidez, hacia su madre y me corrí sobre su vientre. La caliente señora se puso de pie y me dijo “lo mejor es que hagas caso a Majo, no vuelvas a aparecerte por nuestras vidas”.

Fui a buscar mi ropa, me vestí y fui al cuarto de Majo, Toqué la puerta pero no respondió. Era obvio que no quisiera hacerlo, le grité que iría por sus cosas, las que estaban en mi auto y se las subiría. Tampoco respondió. Cuando bajé allí estaba, le lanzaba piedras, rompió todos los vidrios.

Pensarán ustedes que no existe peor forma de terminar nuestra relación. Evidentemente, no existe. Pero aunque no me lo crean, con el tiempo, con mucho tiempo me lo fue perdonando; luego de años. Fui regresándole sus cosas cada vez que accedía a hablar conmigo. Pero lo que si fue imposible fue volver a ser pareja. Nos veíamos ocasionalmente, pero ya nunca Majo podría amarme.
Pensarán ustedes que aún tengo un asunto pendiente con Majo, ese que me ofreció como premio en el paseo y yo no acepté. Bueno, pues en eso ando trabajando.


Este relato es 99% real. Los nombres de los personajes y algunas situaciones fueron modificadas para proteger la identidad de las personas.

El que quiera las imágenes de las protagonistas de este relato me avisa

Twitter: @felodel2016

 



Relato: Cogí con mi novia, su madre y sus hermanas (Capítulo 7)
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