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Relato: Noche de insomnio

Relato: Noche de insomnio

  Aquella noche de insomnio, primera y única de mi vida
Me había ido a la cama temprano, pero sin poder conciliar el sueño decidí ir a tomarme un trago. Eran cerca de 11,30; la calle estaba solitaria, pero el bar me quedaba apenas a una cuadra, por lo que resolví ir caminando.
Traspuse la puerta del bar y me dirigí a la barra, también algo tranquila; poca gente y no altamente bulliciosa, aunque se escuchaban risas y murmullos. La gente platicaba tranquilamente. Una suave música de blues se dejaba oír sin mayor volumen. Todo perfecto, era lo que quería; tomar un par de trago y luego irme a casa.
Ricardo el mesero me atendió con una sonrisa y unas buenas noches pausadas, que se me antojó con voz sensual…, al menos eso percibí.
Le di la mano en señal de saludo y le devolví la sonrisa; sus ojos negros se fijaron en los míos haciéndome sentir una extraña sensación de acercamiento e intimidad, que por alguna circunstancia desconocida me agradó.
A Ricardo ya lo conocía hace algún tiempo pero no había tenido con él ninguna conversación que se diga larga e importante. Unos cuantos saludos, y algún comentario del clima y cualquier otro detalle, nada trascendental; pero aquella noche, no era usual, lo noté en sus ojos.
Me sirvió el Whisky en las rocas, muy generoso, y me dispuse a libarlo merodeando con la vista el lugar. Unas cuantas chicas conversando animadamente, unos chicos sentados en varias mesas, y un ambiente agradable, sin humo de cigarrillo, lo que me gustó, aunque no durara mucho tiempo así.
Ricardo atendió a una pareja contigua a mí, y acercándose me dijo
-Vaya, algo tarde para un trago…, digo para el primero
-Sí, realmente no podía conciliar el sueño y fastidiado me decidí a venir…, ya lo ves
- O sea que te tomas uno y te vas…, me preguntó tuteándome de una forma atrayente
-Sí, o tal vez dos, todo depende…
- ¿De?
-Del sueño…
-Vaya, vamos a alejártelo…, dijo esta vez sonriendo más sonoramente
Le devolví la risa menos reciamente, pero acercado mi vaso hacia él, en son de aprobación, a lo que había dicho.
-Veremos, le dije
-Y ¿cómo lo vas a lograr?, le pregunté
-Cierro a la una…, te invito a quedarte y luego me tomo un trago contigo ¿aceptas?, me dijo sin mucho rodeo
-Uh, creo que sí, suena sugestivo
No había duda, aquella noche sería diferente para Ricardo y para mí.

La hora, una menos cuarto. Las personas, clientes del sitio fueron abandonando el lugar, y definitivamente Ricardo y yo nos quedamos solos.

Cerró la puerta del bar, bajó las luces y se acercó a mi lado con un whisky en la mano; brindamos y seguidamente me beso en la boca, lo que no rehuí, por lo contrario le correspondí con un largo beso de nuestras bocas muy húmedas. Nos pusimos de pie acercando nuestros cuerpos y continuamos besándonos y acariciando por la cara y cuello. Algunos jadeos salían de nuestra respiración…y “un me gustas” se escapó de la boca de Ricardo.
Su mano buscó afanosamente mi paquete que estaba erecto, y lo acarició suavemente, haciendo algo de presión sobre mí bálano.
-Hahn que rico, dijo, tratando de bajarme el cierre. Puse mi mano sobre la de él y le apreté acariciante. La sesión de besos no se detenía, mientras él lograba liberar mi pene que saltó extendidamente.
Su camisa entreabierta deja ver unos desarrollados pectorales, a los cuales accedí con mis labios, besando y mordisqueando tibiamente. Sus tetillas se endurecían ardientes, y me decidí a explorar su paquete que me rosaba ardoroso. Era algo espectacular, nunca lo hubiera imaginado. Lo tomé con mi mano y acariciándolo comencé a masturbarlo lentamente.

-Vamos a la cama…, me dijo; sellando mi sí con un beso…

Nos quitamos la ropa avivadamente y nos arrojamos a la cama en una de las aventuras más hermosas que había vivido. Estaba amando a aquel hombre que apenas conocía, pero era tal nuestro deseo que no hubo miramiento. Ambos nos entregamos apasionadamente, iniciando una larga noche de amor y fogosidad, donde no dejamos nada por probar…., era y fue una noche esplendida.

(…)

Ricardo y yo no somos homosexuales, en el término más escueto de la palabra somos bisexuales.
El - lo supe por él posteriormente - tiene novia con vista al matrimonio, y yo, tengo a mi Alicia con quien mantengo una relación igualmente con fines matrimoniales. ¿Complicado?, pues parece que para Ricardo y para mí no lo será.

Les platico por qué.

Después de aquella noche se sumaron una y muchas más, y tuvimos la dicha de poder sabernos independientes, pero dependientes el uno del otro. Nos juramos amor para toda la vida, aunque ambos teníamos un compromiso de amor por cumplir.
Aquella noche de insomnio era - para ambos - la primera experiencia dentro de un amor de pareja de igual sexo, es decir, y aún a riesgo de sonar risible, éramos vírgenes. Por primera vez nuestros esfínteres se habían dilatado para permitir la entrada de un miembro viril en nuestro ano. Fue difícil y doloroso, pero ese placer no lo cambiamos - Ricardo y yo - por nada, es realmente maravilloso.

Nosotros no registramos signo de afeminamiento de ninguna naturaleza, nuestra voz y modales son absolutamente varoniles, pero cuando estamos juntos, jugueteando íntimamente, nuestras voces se hacen tiernas y acariciantes; ambos sabemos el amor y el placer que nos prodigamos, lo cual nos llena de felicidad y rebozamos de ella cuando estamos junto; aunque sea departiendo en algún lugar a para tomarnos un Café o un refrigerio.

Ante Sofía, la novia de Ricardo y mi novia Alicia, somos unos amigos como cualquier otro de nuestros amigos comunes, aunque realmente somos una pareja de amantes.

Ricardo se casa primero. Su matrimonio con Sofía es una hermosa boda íntima con un pequeño grupo de invitados. Ricardo tiene por su profesión - dueño del bar restaurante - muchos amigos, pero limita la ceremonia y celebración a los más allegados. Están presentes los padres de ambos, algunos familiares; amigos del novio y de la novia, y yo, padrino de la boda. ¿La madrina?, mi novia Alicia.

A los dos meses, Alicia y yo nos casamos, decidimos, igualmente, una boda íntima, nuestros padrinos: Ricardo y Sofía. No podían ser otros, nuestra afinidad era total.

Todos pueden imaginar que hemos llegado a formar un cuarteto de amor perfecto, lo cual es cierto, pero guardando las distancias. La pareja de Ricardo es su pareja y Alicia es la mía, no existe triangulación posible, simplemente somos dos matrimonio cuyas parejas - hombres - son amante.
Entre Ricardo y yo no hay celos por el amor que le prodigamos a nuestras respetivas féminas, y solemos hablar en la intimidad de nuestras relaciones, lo que ha logrado muchas veces enfurécenos, pero de pasión y entrega. Cada día que pasa nuestras relaciones - llevadas con extremada discrecionalidad - se fortalece.

Ricardo y yo tenemos - en nuestros ya diez años de amantes - muchas anécdotas directamente relacionadas a nuestra relación. Algunas de las cuales narraré para ustedes. Pero, antes debo decirles que tenemos dos hijos. Ricardo y Sofía una bella nena de ocho años y yo con Alicia un varoncito de 7 años. Somos, si quiere, una gran familia.
Esto, inverosímilmente, nos ha facilitado todo a Ricardo y a mí, pues somos dos familias amigas con grandes y estrechos lazos familiares de afinidad. No puede caber mayor felicidad.

Esta notas, como ya les anticipé, estarían incompletas sin narrarles incidencias de nuestra relación, pues para mí es el estado perfecto de felicidad. Todo lo tenemos, sin haber renunciado a nada.

Ricardo y yo nunca hemos tenido la tentación - como bisexuales que somos de pretender o plantearnos una relación de cuatro, es decir, Sofía, Alicia y nosotros -, tal cosa ha estado descartado, bien se diga, nunca ha cruzado por nuestra mente una situación de tal naturaleza. Nuestro goce es de tal magnitud que agregarle un ingrediente distinto, distorsionaría absolutamente todo. Poniendo a riesgo la felicidad de todos.
Yo amo más a Ricardo y él a mí que nuestra propia vida, y nada nos podrá separarnos; solamente la desaparición física de uno de los dos terminaría con este nuestro amor.

Nuestra relación íntima es pródiga. Ambos somos bien dotados y sabemos darnos placer mutuo. Es un sexo infinito bordado con el estambre del amor, donde el frenesí y la pasión se hacen eco para el goce de nuestro sexo.
Ambos tenemos un sexo oral espléndido, una penetración anal deliciosa, gozando de múltiples orgasmos en una misma relación, vale decir en un mismo momento de placer.

Ayer, casi inesperadamente y por una salida voluntaria se nuestras parejas, nos quedamos solos en la casa de Sofía.
Ambos, casi agarrados de la mano, las despedimos en la puerta de la casa. Al cerrar la puerta nuestros labios se buscaron al unísono, uniendo nuestras lenguas seducidas por la pasión de los amantes ansiosos e impenitentes que no pueden perder oportunidad para prodigarse su amor.
Nos sentamos en un pequeño sofá en el estar íntimo - la antecámara de la habitación de Sofía y Ricardo – y allí nos entregamos a uno de nuestros placeres, un perfecto sesenta y nueve donde se lucen nuestras vergas hasta saciarse, es decir, hasta vaciar la última gota de la miel más pura del amor.
El semen de Ricardo es agridulce, divino, esplendoroso; con una viscosidad intrigante que yo deleito hasta la última gota.
Me gusta, cuando lo tengo en mi boca, que se vaya deslizando suave y fragante hasta mi garganta, donde le retengo por momentos hasta devorarlo como elixir de los dioses. Es de un calor fascínate - diría caliente - como lo es Ricardo.
Ricardo me dice, y le bromeo - porque él no ha tenido otro- que nadie tiene un falo más hermoso que el mío, el cual siendo realmente unos centímetros más grande que el de él, no dista mucho de ser divino como el suyo. Su glande es hermoso, su pelambre me enloquece y suelo jugar por horas peinándolo con mi lengua, hasta profundizarme en su perineo, lo que le suele dar a Ricardo un intenso placer. Él es mi varón y mi hembra, me encanta complacerle.
No podíamos perder tempo, pero todo lo hacemos pacientemente, pues siempre hemos sido de la idea de que las oportunidades perenemente estarán esperándonos para brindarnos nuestro momento.
Ricardo me pidió, teníamos tres semanas sin hacerlo, que lo penetrara.
Nosotros usamos preservativos, pues sabemos que el acto anal reviste ciertos peligros cuando no se toma las previsiones.
Ambos nos colocamos los condones y nos entregamos de lleno al amor fálico; a uno de los placeres - como ya les he dicho - más divinos que podemos disfrutar.
La penetración anal nos brinda delicia, unido a una sensación de dolor que se hace goce en sí misma. Es imposible describir como poco a poco el ano se va dilatando hasta lograr albergar 14 centímetros de grueso falo, como el de Ricardo, o como el mío de 16 centímetros, hasta llegar totalmente erguido a posarse, a posesionarse de un orificio cálido y tierno, que casi lagrimea; suda, al tener de visitante a tan apetitoso huésped.

Se nos brindó dos horas y media de placer, y no las desperdiciamos, por lo contrario, logramos extraerle hasta el último segundo de delectación.
Ricardo con su denotada paciencia me poseyó hasta lograrme un orgasmo anal increíble. Orgasmo que muchos niegan, pero que realmente se produce.
Ese orgasmo no es cuando se provoca en mí la eyaculación - que es orgasmo por naturaleza - sino en el momento de la profunda penetración, cuando Ricardo juega a sus anchas en mi interioridad con fu falo prodigando placer, y dejando dentro de mí su chorreo - aunque ficticiamente - que me enloquece hasta lograr mi propio orgasmo anal. En ese momento mi corrida anal es superior a cualquier placer sexual semejante. Ricardo es capaz de correrse dos veces continuadas en mi ano, lo que me permite disfrutarle una y otra vez.
Cumplida esa faena, donde toda la naturaleza de Ricardo ha quedado depositada en el preservativo, se dispone mi lengua y mi boca seductora a saborear el pleamar, el goteo post seminal…, unas gotas del néctar que yo le llamo polen del amor, pues me predispone a continuar con mi seducción, y placer.

Fin de la primera parte.



Ricardo














 



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