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Relato: El Cajón.

Relato: El Cajón.

  Ximena se encamina tarde al trabajo, como de costumbre. Tras un tráfico de los mil demonios, finalmente llega a su destino. Prácticamente vuela sobre los tacones que reposan tan bellas pantorrillas, sube el ascensor con prisa y llega por fin a su oficina. A pesar de que no acostumbra vestirse provocativamente, su linda figura siempre llama la atención de quienes le rodean. Una vez que camina sobre la fina alfombra del piso nueve, las miradas de varios de sus compañeros se posan irremediablemente en sus carnosos muslos o en su conservador, y al mismo tiempo, voluminoso escote; pero si algo atrae de ella es su bien delineado y ostentoso culo, un buen par de nalgas que excitarían a cualquiera que goce de observar una bella figura femenina. Aunque ella nunca da pie a que le falten al respeto, las miradas furtivas y el deseo manifiesto en los ojos que le desnudan es algo que disfruta muy en su interior. ¿A quién no le gusta sentirse atractivo hacia los demás? Una vez que llega a su escritorio, el ritmo de la oficina continúa como lo estaba antes de su arribo. A sus veinticuatro años conserva intacto el bello cuerpo que la genética materna le regaló. Aunque no es muy alta, el conjunto de sus piernas, culo y senos le convierten en un manjar digno del más exigente paladar. Anchas caderas, largo y sedoso cabello negro que contrasta con su fina y blanca piel, aunado a una dulce sonrisa y un par de grandes ojos completan el cuadro radiante de la bella chica.

Tras los primeros veinte minutos de su jornada laboral, todo parece indicar que será un día cualquiera y completamente olvidable. Inmersa en la trivialidad de sus actividades cotidianas, Ximena abre el cajón superior de su escritorio y pretende tomar la engrapadora de su lugar acostumbrado sin siquiera mirar. Sus dedos detectan un objeto extraño, por lo que sus ojazos color avellana serán los que comprueben de qué se trata. Encima de la engrapadora cae graciosamente la fina tela de unas bragas blancas semitransparentes. Retira los dedos de la prenda y cierra el cajón casi con rudeza. Con su mente en blanco levanta la mirada para detectar si alguien le observa. Nada. Algunos están sentados en sus escritorios, aquél hablando por teléfono, este otro bebiendo café, aquellas platicando alegremente… cada uno y cada una se dedica a lo suyo. Abre el cajón nuevamente y confirma lo que hay ahí adentro, su mirada no le engañó, unas bellas y eróticas bragas blancas se desparraman sobre los objetos que hay en el interior de ese, su cajón. Pensando que se trata de una mala broma de alguno de los ocurrentes compañeros que tiene, ha decidido esperar a que el culpable se rebele.

Las horas pasan y el mundo que le rodea parece vivir un día normal, ha pasado la hora de la comida, así como la sobremesa respectiva con los amigos y amigas de la oficina, pero nada, nada extraordinario ocurre. Nadie estalla en risa y le hace ver lo gracioso que resultó aquella ocurrencia, nadie le hace un comentario jocoso en privado, no hay cómplices que compartan risitas burlonas por la situación en la que le han metido, nada. Ximena comienza a impacientarse. Ya no cree que se trate de una broma pesada, su irritación le lleva a pensar que alguien se está burlando descaradamente de ella. Su mal humor resulta evidente para sus colegas más cercanos, pero el culpable de la historia sigue sin delatarse, consciente o inconscientemente. Por más que el trabajo ajetreado y las ocupaciones de su puesto capturan su atención a lo largo del día, no puede evitar voltear a ver de cuando en cuando el exterior de ese cajón que guarda algo que no debería de guardar. Quizás alguien se equivocó y dicho objeto no iba originalmente destinado para ella. Sí, eso debe de ser. Alguien cometió un error. Por más que su imaginación le da vueltas al asunto, la situación le perturba. La ansiedad le carcome.

El día transcurre lento, pero por fin llega a su fin. Ximena acaba lentamente los pendientes de la jornada esperando amargamente a que algo ocurra y le explique el porqué del secreto que guarda aquella gaveta. La oficina se ha vaciado. Ximena apaga la computadora, recoge su escritorio y mientras guarda sus cosas, voltea a ver nuevamente ese mismo cajón. No puede dejar “eso” ahí, ¿qué tal y alguien encuentra lo que se esconde tras la madera? Los trabajadores de limpieza podrían hallarlo, cosa que sería sumamente humillante. Sin pensarlo más, toma las lindas pantis blancas y las deposita con discreción en el interior de su bolsa. Rápidamente se dirige a su hogar, maneja más veloz que de costumbre. Se siente extraña, lleva un objeto íntimo en su bolsa que no es suyo, un objeto íntimo de mujer. Le sorprende pensar que, aunque ha sido una situación que le ha abochornado todo el día, nunca se deshizo de aquellas bragas. Pudo haberlo hecho de haberlo intentado, bien pudo tirarlas por la calle o arrojarlas al cesto de basura del baño de la oficina, pero no lo hizo. Mientras sus pensamientos se agolpan en su cabeza, llega por fin a su hogar. Así es, vive sola aquella bella mujer. Es una mujer exitosa, trabajadora y segura de sus decisiones, aunque aquel día no está tan segura de ello.

Una vez adentro, decide relajarse de aquel día tan estresante con una copa de vino tinto. Podrá estar soltera por el momento, hace ya dos meses que terminó con su novio de dos años, pero no por ello puede decirse que se sienta sola o con la necesidad de relacionarse a alguien nuevo. Lo cierto es que con ese culo tan delicioso y jugoso y aquel rostro angelical, podría tener a quien ella quisiera, pero sinceramente no siente dicha necesidad por el momento. Una idea le asalta la cabeza, quizás las bragas sean un lanzamiento directo de Luis, el chico de la oficina que le persigue desde hace meses. Considerando que el tipo, que no está de mal ver, le ha planteado en dos ocasiones, directamente y sin tapujos, las ganas que tiene de cogérsela y de poder gozar al máximo de aquellas caderas y de sus bien proporcionadas nalgas, bien podría tratarse de él. Toma su celular y se sienta en la cama de su cuarto, mientras sus consistentes muslos se asoman descaradamente por su falda. Le marca al pretendiente, y tras una rápida conversación de no más de cinco minutos, se decepciona al hallarle indiferente y casi hasta cortante. Se dirige a su bolso y extrae la fina tela blanca. Mientras inspecciona y hurga en aquellas bragas se da cuenta de que no son nuevas, no se trata de lencería que le regalaron clandestinamente para intentar seducirla, no se trata de ello; las bellas bragas blancas están manchadas de líquidos vaginales… Su sorpresa le hace aventarlas al piso de la habitación. En sus dedos queda impregnado el olor de aquella húmeda intimidad.

Tras el pequeño shock del descubrimiento, Ximena no se atreve a hacer nada más al respecto. Mientras su cuerpo descansa sobre su cama, unas bragas blancas semitransparentes de otra mujer, manchadas de flujos vaginales se encuentran al otro extremo de la habitación. Le sorprende aún más descubrir que sus propias bragas comienzan a humedecerse lenta pero profusamente. Una mancha de jugos vaginales aparece en el centro de sus propias pantis. Su coño, húmedo y caliente, ha respondido al juego perverso que aquel, o más bien que aquella, ha elucubrado. Resistiéndose, prende el televisor y decide olvidarse del asunto. Se quita su blusa y su brasier y deja asomar sus hermosas y grandes tetas para sólo volver a cubrirlas con un camisón de seda. Desliza también su falda para desprenderla de su cuerpo, pero el volumen de ese gran culo que carga con orgullo dificulta la tarea. Al final, sus torneados muslos están desnudos, sus pantis, húmedas aún por la calentura de hace un rato, y su camisón de seda color negro suelen completar su atuendo para dormir. Mientras mira la tele, pareciera que las propias imágenes que sintoniza la dirigieran a lo que tiene que, irremediablemente, ocurrir. Tras pasar por varios canales, la suerte le ha puesto enfrente de una película erótica. Ximena se sorprende al humedecerse rápidamente, y lo que más asombro le causa es que precisamente son los cuerpos voluptuosos de las chicas con los que su excitación aumenta. Mira aquellas tetas, esos labios carnosos y antojables, las piernas largas de las actrices, los culos bien trabajados y de gran tamaño. Lo peor del caso llega cuando aparece una escena lésbica que enloquece su panocha deseosa, la cual desborda el flujo de su intimidad. Ximena no aguanta más, aquella linda, dulce y heterosexual mujer sólo quiere masturbarse de lo lindo en el interior de su hogar. Se levanta de la cama, toma las pantis blancas ajenas y se acuesta nuevamente con la libido disparada al máximo. Mientras aprieta fuertemente con la mano izquierda el regalo tan pervertido que recibió aquel día, con la derecha comienza a acariciar su coño por encima de sus propias bragas empapadas. No entiende, no piensa, solamente actúa y le da rienda total a su deseo. Introduce su mano dentro de sus pantis y tras rozar algunos bellitos púbicos húmedos, hace contacto con aquella vulva excitada, dilatada y bien mojada. Nunca se imaginó que pudiera desearla una mujer, que una hembra pudiera desear su cuerpo femenino y sinuoso, pero ahora que lo hace, la idea le causa tal morbo que sus dedos no dejan de acariciar su excitado coño. Aquella diosa de mujer se encuentra acostada, vestida sólo con sus lindas pantis y su coqueto camisón, agarrando casi con fiereza aquellas bragas blancas que no le pertenecen con una mano y con la otra dándose la dedeada de su vida. Comienza a frotar su clítoris, ya hinchado y enrojecido por la fricción de sus dedos. Ximena está convertida en una leona masturbándose de lo lindo. La idea de que una mujer de la oficina se haya masturbado pensando en ella y que, no sólo eso, sino que le haya regalado las pantis que lo comprueban, le provocan tal excitación que nunca antes se había masturbado con tal deseo. El pensar que una mujer a la que debe de ver a diario, con la que intercambie quizás alguna o más palabras, o con la que se sonría inocentemente, o inclusive con quien haya quizás algún contacto físico amistoso, solamente quizás, esa mujer es la que la desea, la que quisiera tener cada una de las curvas de Ximena a su antojo para devorarla y comérsela como si no hubiera mañana. Mientras se acerca al clímax, lleva aquellas pantis blancas manchadas de jugos directamente a su nariz… aspira ese aroma de mujer, se fuma la fragancia de la humedad de su admiradora secreta… lame las pantis, las besa, las frota en su rostro, y justo cuando piensa que quizás esas mismas bragas rozaban los muslos sabrosos de Paty, la secretaria de su jefe que siempre se pasea en atrevidas minifaldas, o quizás frotaban el trasero portentoso de aquella morenita culona y arrogante que trabaja en contabilidad o, por qué no, hasta podrían estar manchadas de los jugos vaginales de su amiga Alejandra, una preciosa rubia de su misma edad, de grandes tetas y piernas largas… el pensar que lo que inhala desesperadamente es la humedad sexual de Ale y que esas bragas blancas semitransparentes resguardaban el lindo y comestible coño de su mejor amiga…, mientras todas esas locas ideas le acometían… tuvo el mejor orgasmo de su vida. Bello, magnífico, largo, y sí, mientras lamía y aspiraba los residuos vaginales de otra mujer…

Al día siguiente, Ximena llega muy contenta a su trabajo. El tráfico y las prisas no le importan más. El misterio que la torturó el día previo no parece tan vital esclarecerlo, será interesante descubrir lentamente a su admiradora secreta. Mientras tanto, se acomoda en la silla de su escritorio y mientras cruza sus bellas piernas, dejando embobados a más de uno en la oficina, siente el roce de aquellas bragas blancas semitransparentes directamente en su coño cubierto por unos cuantos lindos pelillos. Aquellas bragas blancas mezclan hoy día los jugos de su enigmática adoradora y los propios de la hermosa y sexual Ximena.


Espero que les guste ;)
 



Relato: El Cajón.
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