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Relato: El día que nos hicimos putas (2)

Relato: El día que nos hicimos putas (2)

  nos hicimos putas (2)

…¿Dónde habíamos quedado…? ¡Ah! Sí. El día en que Eduardo y Alberto nos acompañaron a casa, dejándonos en el barrio y que, mientras Sandra y yo nos encaminábamos al portal, mi hermanita menor planteo el problema del cómo íbamos a justificar ante nuestros padres toda esa ropa que habíamos ganado emputeciéndonos. Había, también, que aclarar con mi hermanita, cómo había logrado adquirir esa enorme desenvoltura y experiencia que había mostrado en nuestra tórrida experiencia con Eduardo y Alberto. Y claro está, el espinudo y delicado tema de nuestra experiencia bisexual y nuestra relación incestuosa.

A mí se me ocurrió que debíamos decirles a nuestros padres, que nos habíamos encontrado los paquetes de ropa en uno de esos asientos que pueblan las galerías del centro comercial. Que nos percatamos que los bultos estaban solos y nadie parecía alrededor fijarse en ellos. Que, tras un ratito de píe, esperando por si alguien aparecía por sus cosas, terminamos sentándonos en aquel sitio, sin ganas de que apareciera la olvidadiza propietaria de los paquetes. Y que por eso nos habíamos retrasado en llegar a casa, porque esperamos mucho rato antes de tomar la decisión de cogerlos y traérnoslos. La historia nos pareció buenísima, ya que, de un solo tiro, justificábamos también el retraso de nuestra llegada.

… Debemos llegar, dije a Sandrita, con actitud muy eufórica y feliz. Como quien encuentra un tesoro. Nada de disimular. A bocajarro, bombo y platillo, con mucho entusiasmo mostrarles nuestro maravilloso regalo del cielo.

Y eso fue exactamente lo que hicimos. Mi padre, muy correcto él, decía que, tal vez, deberíamos llevar la ropa a las distintas tiendas que se indicaban en los logos de las bolsas. Sandra y yo nos pusimos lívidas. Pero menos mal que nuestra madre salió al paso y le dijo que, para la vez que las chicas podían tener unos trapitos tan monos que, por otra parte, de ningún modo iban ellos a poder regalarnos, y ya que no eran robados, en tanto que olvidados y que habíamos estado esperando largo rato por si aparecía la dueña, lo dejara estar.

Imaginad el alivio que experimentamos ambas. Y así se quedó la cosa. El resto del día no dio para más y descansamos toda la tarde, sin conversar sobre los asuntos sucedidos, ni de las aclaraciones necesarias. Pero estaba muy intrigada con mi hermanita y supongo que ella también querría saber cosas de mí. Total, decidimos que, en vez de salir en la noche con nuestros respectivos grupos de amigas, nos iríamos las dos por ahí para poder charlar tranquilamente.

No resistimos la tentación de estrenar la ropita que habíamos traído. Mi hermanita se puso un vestido de media pierna, cintura elástica, de un tejido vaporoso y con forro, estampado floral de tonos rojos, y unos botines de ante, color beige y yo un vestido minifalda, negro, con vuelo de encaje Rodeo Bella, de color marfil, enfundada en un par de botas negras de media pierna, ambos de una famosa marca que no creo prudente mencionar, dada la naturaleza de este relato. Eso sí… Eduardo se había gastado un buen pastón en ellos, sin contar los complementos y el calzado. Verdaderamente debíamos haberle gustado bastante.

Estábamos monísimas. Sentíamos que podíamos comernos el mundo, sobre todo cuando los tíos se quedaban mirándonos por las aceras y las tías nos observaban con admiración y su puntillo de envidia.

Pero bueno. Supongo que todo esto os importará un pimiento. Al grano… Mientras íbamos camino de una cafetería comencé a hablar a mi hermanita…

… No es que me parezca nada mal que tengas experiencia y te guste el sexo, le dije…, Pero imaginarás que esté sorprendida. La verdad es que, con estas cosas, me doy cuenta que hemos hablado poco y eso no me gusta, porque es evidente que ello ha creado una distancia y falta de confianza. Me parece increíble que nunca hayamos hablado de estas cosas.

No sé, Andrea. Simplemente no ha habido oportunidad, repuso Sandra. Y ya ves. En cuanto ha surgido la oportunidad no ha habido ningún reparo ¿no?

Pues sí, la verdad, contesté yo. Pero, bueno, Cuéntame cómo empezaste. Estoy super intrigadísima…

¿Te acuerdas de Sara, mi amiga, verdad…?

¡Cómo no iba a acordarme! Ella y mi hermana eran inseparables. Cuando no estaba una en su casa, es que estaba en la de la otra. Y siempre juntas de aquí para allá. Era una chica de larga y rizada melena pelirroja, de mirada dulce y melancólica. Tenía un buen tipito, como mi hermana. Delgada, de suaves curvas, piernas largas y bien torneadas, cinturita estrecha. Bastante desarrollada también para su edad. Creo que tenía aún más grandes los pechos que mi hermana. Y lo que más me llamaba la atención, era su boquita, de labios carnosos, rosa pálidos, que dibujaban una tierna y dulce sonrisa. Debo decir que muchas veces sentí el deseo de mordérselos… Pero ya llegaremos a estas historias.

Hacía poco más de un año que había llegado al barrio. Según contó un día Sandra, su padre se había arruinado y la madre les había abandonado a ella y a su padre hacía unos tres años, marchándose con otro tío. Así es que Sarita vivía sola con su padre y habían recalado en el barrio, ya que tuvieron que vender el piso en el que vivían y trasladarse a un sitio más modesto, donde los alquileres no fueran muy gravosos.

El hecho es que la pobre Sara, toda una pijita, se encontró en un medio que, por su forma de ser, más bien le resultó hostil. Entre las compañeras de clase, solo Sandra y otra chavalita se acercaron a ella.

Bueno. Cuéntame qué pasa con Sara, le pregunté impaciente a mi hermana.

Una tarde que salíamos del cole, nos abordaron dos tíos de un par de cursos superiores. Tú los conoces. Son Hugo y Mario. Ya nos habíamos dado cuenta desde hacía algún tiempo que no dejaban de mirarnos en los recreos y a la salida de clases. Nos hacían gracia. Ya sabes. Son bastante guapos y además son ¿cómo te diría yo….? Como los líderes de su pandilla.

En efecto. Los conocía. Y debo decir que mi hermanita tenía razón. Eran los típicos chicos cachas, algo matoncillos, guapitos de cara, pero con su puntito de expresión malévola, de chicos malos…

El caso es que nos abordaron e invitaron a unirnos con ellos y su pandilla y pasar un rato divertido en el parque. No pasó nada en realidad. Tonteamos un poco. Lo suficiente como para que, al regreso, acompañándonos, nos cogieran las manos y termináramos morreándonos en el portal de la casa de Sara.

Al fin entramos a su casa divertidas, contentas, riéndonos y bromeando sobre lo sucedido. Aquella tarde el padre de Sarita no había llegado y nada más entrar por la puerta sonó el móvil de Sara. Era su padre, diciéndole que no se preocupase, pero que por asuntos de negocios tendría que llegar tarde y que no le esperase. Nosotras a lo nuestro, seguimos riéndonos y comentando la improvisada cita que habíamos tenido con Hugo y Mario. Fue esa noche que llamé para decir que si me podía quedar en casa de Sara y que al fin mi madre me dio permiso ¿te acuerdas?

No me acordaba mucho. Pero bueno… ¿Y que pasó? Pregunté…

Hablando y hablando de chicos, no sé cómo, al final nos pusimos en internet a ver tíos guapos. Actores, cantantes ¡Qué sé yo! Nos reíamos imaginando situaciones donde podíamos seducirlos. Las teatralizábamos de risa. A veces Sara hacía del tío que íbamos a camelarnos y yo de la vampi sexy que iba a por él. En una de esas, apareció ante nuestra vista una página algo picante. Con tíos desnudos mostrando sus enormes pollas. Aquello apagó un poco nuestras risas, fascinadas por aquellos cuerpos y aquellos miembros descomunales. Nos sentamos muy juntitas, casi pegando nuestras caritas, mirando como hechizadas todo aquel material. Ya interesadas en el tema, pinchamos en uno de los enlaces de la página y aquello que vimos nos dejó boquiabiertas… Orgías, decía. Y nuestra sorpresa fue ver cómo las tías chupaban pollas a la par que se las follaban por todas partes. Pero no acabó allí la cosa. Fue Sara la que reparó en algunas escenas donde las tías se lo montaban entre ellas, chupándose el coño, lamiéndose las tetas, metiéndole una a otra los dedos en el coño, mientras algún tío se la ponía en la boca para que se la mamara simultáneamente.

Sin duda nos sentíamos tremendamente atraídas por todo aquello. Por mi parte empecé a experimentar extrañas sensaciones en mi cuerpo. No sé cómo describírtelas… Una especie de ansiedad. El corazón tal vez me latía algo más rápido. Mi respiración algo más fuerte. Sin ser cosquillas, una sensación de cosquilleo muy en el interior, difusa, ilocalizable. Y lo evidente… sentí humedecerse mi coñito y el deseo de acariciármelo. Alguna vez, a primera hora de la mañana, al despertar, había ya sentido una cierta sensación en mi clítoris que me impelía a presionarlo para liberar la tensión que me producía, sin dejar de reparar el placer que ello me causaba. Pero aquello no duraba más de lo que dura un simple apretón y punto.

No sé cómo sucedió, ni cómo se atrevería, pero en medio de todas esas fotos, de pronto oigo a Sara preguntarme…

Oye… ¿Tú te has masturbado alguna vez? Y sin esperar mi respuesta, agregó… Yo lo he hecho algunas veces y es super rico.

Tal vez por no quedar como una tonta, le dije que sí. En esos momentos Sara había pinchado en Masturbaciones y en esa ventana había varios videos de chicas que se masturbaban. Justo fue a pinchar en uno donde dos tías se estaban masturbando y de vez en cuando se acariciaban mutuamente.

Yo tengo ganas de hacerlo, me dijo… ¿Qué te parece…, Lo hacemos?

Yo, como ya te dije, estaba excitada. Así es que sin más le dije que sí. Entonces nos levantamos y nos quitamos el uniforme, quedándonos en principio solo con las braguitas. Entonces, te acordarás, aún no usaba sujetador y mis tetitas, aunque ya se pronunciaban, eran aún más pequeñas. Pero las de Sara, lo noté, ya eran más grandes que las mías.

Con el ordenador delante, mirando las tórridas escenas, nos recostamos en la cama de Sara y comenzamos a acariciarnos el coño. Primero por encima de las braguitas. Poco a poco y casi simultáneamente, cada una fue abriendo las piernas, hasta dejar totalmente separados los muslos, con lo cual, una de las piernas de Sara se montó sobre la otra mía. Sentí su piel suave y cálida y aquel tacto me dio mucho placer. No tardamos en entremeter nuestras manos por las braguitas y a acariciarnos directamente el coño. Sentí empapados los labios vaginales. Mis espesas secreciones lúbricas, pringándome los dedos de aquel abundante líquido mucilaginoso.

Sara comenzó a acariciarse las tetitas con la otra mano. Oí sus suspiros, casi gemidos de placer. La imité. De pronto cogió mi mano y la acercó a una de sus tetas, mientras me miraba tierna y suplicante…

Acaríciala, musitó. Aún es más rico cuando te lo hacen. Y mientras decía eso, como para probármelo, acercó su mano a mis tetas y empezó a acariciarlas. Sentí la yema de sus dedos suavemente recorrer mis pechos, alcanzar mis pezones, que noté enhiestos y endurecidos. Los presionó con levedad, causándome una sensación extraña y exquisita. Se arrimó un poco más a mí. Nuestros cuerpos se rozaban, nuestras caras se aproximaban con expresión suplicante de ternura. Podía oír su respiración, sentir su fragancia y su aliento, el calor que desprendía su rostro y su cuerpo. Sus humores sexuales. Bajó lentamente su mano, recorriendo mi abdomen con desesperante lentitud. Luego la metió dentro de mis braguitas, la posó sobre la mía, acariciándola. Después entremetió sus dedos entre mis dedos y comenzó a acariciarme el humedecido clítoris. Me estaba volviendo loca de placer. Parecía que mi corazón iba a salirse de mi pecho. Me sacó la mano y la llevó hasta su coño. La metí dentro de sus bragas. Sentí la viscosidad de sus secreciones, tan abundantes como las mías. Tuvo un estertor de placer cuando entremetí mis dedos abriéndole los empapados labios vaginales hasta alcanzar su endurecido y erecto clítoris. Ambas nos masturbábamos mutuamente. Nuestros rostros se acercaron aún más, hasta rozarnos los labios… ¡Dios! ¡Qué placer sentir el roce de aquellos belfos suaves como la seda, tibios y acariciadores! Nos dimos un beso dulce, lleno de terneza que, poco a poco, se fue convirtiendo en un morreo apasionado y desenfrenado que terminó entreverando nuestras lenguas ávidas y desesperadas de placer. Gemíamos y suspirábamos, poseídas por un deseo imparable.

No hizo falta seguir mirando el video, el cual ya hacía rato que había terminado y al cual habíamos dejado de prestar atención. Como si nos hubiera salido del instinto más profundo, nos despojamos finalmente de las bragas. Nos abrazamos entrecruzándonos los muslos, que se refregaban en nuestros mojadísimos coñitos mientras nos seguíamos besando apasionadamente. Nos acariciábamos las espaldas. Deslizamos nuestras manos para alcanzar las firmes, suaves y respingadas nalgas de cada una. Nos entremetimos delicadamente las manos por la rajita del culo, acariciándonos mutuamente el ano. Finalmente Sara incorporó el dorso, inclinando su rostro sobre el mío. Me pareció enormemente bella, con su melena pelirroja desmarañada, cayéndole por encima de su carita. Me miró a los ojos con una mirada encendida y anhelante. Volvió a besarme en los labios, Se deslizó un poco hacia abajo hasta ponerse a la altura de mis piernas. Sus manos se posaron en mis muslos. Suavemente los apartó, abriéndome entera. Acarició dulcemente el interior de mis muslos. Deslizó lentamente sus suaves dedos, recorriéndolos hasta rozar mis ingles. Las acarició. Después entremetió sus dedos índice y corazón entre mis labios vaginales. Acarició la superficie de mi coñito hasta rozarme el clítoris. Fue metiendo sus deditos dentro de mi vagina. El índice y el del corazón. Lentamente, hasta el fondo, mientras la yema de su dedo pulgar alcanzaba mi clítoris. Comenzó a meter y sacar los dedos mientras, simultáneamente, la yema del pulgar acariciaba el clítoris.

Yo comencé a jadear y gemir. Entonces le oí decirme dulcemente… ¡No. No te corras aún! Nos queda algo muy rico que hacer, agregó mientras sacaba su mano para evitarme el prematuro orgasmo. Se bajó de la cama, arrodillándose en el borde, mientras atrapaba mis muslos con sendas manos para mantenerlos abiertos. Acercó su cara a la altura de mi chorreante coño y comenzó a lamerlo con la punta de la lengua, entremetiéndola entre los labios vaginales. Luego la metió más adentro, alcanzando mi vagina. Yo estaba retorciéndome de placer. Ya sentía que iba a venirme de nuevo el orgasmo, pero la muy perra lo presintió también y entonces paró. Volvió a la cama, pero esta vez me dijo que nos haríamos eso mutuamente, de modo que nos invertimos y poniéndonos ambas de costado, cada una con una pierna arqueada hacia arriba, comenzamos a lamernos los coños.

Ya te podrás imaginar el placer que estábamos sintiendo. Yo no hubiera imaginado jamás tanto. Me sentía tan deseosa y ávida, tan urgida y descontrolada que ya me había entregado sin ningún pudor ni decoro. Me sentía arrastrada, vencida por una fuerza perversa que me había obligado a abandonarme y entregarme sumisa a esa pasión incontrolable. Aquella sensación de descontrol me causaba un gozo indescriptible. Sin ninguna atadura que me contuviese, mi lengua entera se paseaba por el babeante coño de Sara. Lamía entre sus labios vaginales. Se los abría totalmente con mis manos metiéndole mi lengua al máximo, saboreando aquellas secreciones viscosas, fragantes de aromas excitantes y de mixturas entre dulzonas, salobres y ferrosas.

No puede más y esta vez fui yo quien tomó la iniciativa. En medio del furor me monté sobre ella. Encajé mi abierto y mojado coñito en su boquita viciosa y a su vez hundí mi cabeza en el suyo. Se lo lamía y chupaba, pero a veces aprisionaba con mis labios sus labios vaginales. Arrebatada por la excitación, deslicé mi boca hasta su clítoris. Atrapé mis dientes en el interior de mis labios, entreabriéndolos para aprisionar en ellos su clítoris. Moví mi cara con rápidos y cortos vaivenes. Aquello enloqueció de placer a Sara que se sacudió como una posesa. Después lo liberé paseando mi lengua por su perineo hasta que la punta alcanzó el ano. Sara y yo comenzamos a tensarnos, arquear nuestros cuerpos, que comenzaron a sufrir espasmos. Gemíamos y jadeábamos enloquecidas y al final, una corriente de placer invadió todo nuestros cuerpos provocándonos un salvaje e intenso orgasmo al unísono.

Nos recolocamos nuevamente una junto a la otra, abrazadas y exhaustas. No dijimos ni una sola palabra durante un buen rato. De pronto Sara saltó como un resorte… ¡Es tardísimo! ¡Dios! ¡Mi padre puede que llegue en cualquier momento! ¡Anda, vistámonos! Me dijo mientras se incorporaba buscándome un pijama. Nos vestimos rápidamente… ¿Tienes hambre? Me preguntó cariñosa. Sí. Tenía un hambre de comerme un caballo. Nos fuimos a la cocina. Nos preparamos unos bocadillos y un vaso de leche. Se veía tan tierna y delicada con su pijama que sentí nuevamente el deseo de besarla y acariciarla, de modo que, mientras ella preparaba los bocadillos, me acerque por su espalda, le así de la cintura, acerqué mis mejillas a las suyas y le dije al oído que había sido muy rico y muy bonito lo que nos había pasado. Ella me sonrió y me dio un besito tierno en los labios. De ahora en adelante seríamos algo más que amigas.

Bueno, hermanita. Así comenzó todo. Antes de follar con ningún tío Sara y yo descubrimos el sexo entre nosotras. Y te aseguro que, por mucho que hayan tíos que se lo monten de maravilla, y no renuncio a ellos, tampoco renunciaré al placer de tener una buena relación con una chica que me guste. Por cierto, agregó Sandra, y tú eres una de esas chicas que me gustan…, ya lo habrás notado, apostilló riéndose.

¡Ufff! Sandrita. Las cosas que suceden a nuestro alrededor sin que ni siquiera las sospechemos ¡Vaya historia! De solo oírla me has dejado el coño empapado. Ha sido extraño. Hasta hoy jamás me hubiera imaginado ni remotamente liarme contigo. Claro que eres guapísima, pero, la verdad, ni siquiera me lo había planteado. Te he visto siempre como mi hermana y punto. Todo lo que nos ha sucedido hoy ha surgido sobre la marcha. Creo que ha sido el calentón que me produjo la situación… No sé. La tentación de la ropa, mezclada con el morbo de un tío guapo que nos provoca y nos propone emputecernos… La idea de caer como una furcia. El pecado de la carne, añadido a la transgresión de hacerlo en presencia de la hermana. No sé. Todo se juntó creando una atmósfera propicia en la que me dejé arrastrar sin saber cómo. Y una vez en el lío no hizo más que aumentar mi excitación. Sobre todo al verte a ti igualmente implicada. Esa transgresión, donde humillación, liberación y placer se mezclan, siempre me ha cautivado y fascinado. Pero jamás pensé hasta qué límite podría llegar… ¿Tú habías imaginado alguna vez liarte conmigo…?

Yo no, contestó Sandra…Pero Sarita sí. Muchas veces me ha comentado lo buena que estás. Que si qué piernas tienes. Que qué cinturita cimbreante. Que qué ojazos azules y qué mirada más sensual. Entre un día y otro, al cabo del tiempo, un día me contó que había tenido un sueño erótico donde se acostaba contigo. No sé en qué momento comencé a mirarte de otra manera. A fijarme en tu cuerpo, tu carita, tus movimientos y yo terminé también por fantasear con situaciones en las que, finalmente, nos enrollábamos. Pero, la verdad, es que no sabía ni cómo abordarte en ese sentido. Así es que lo dejaba como una tonta fantasía. Y mira tú. Aquí las dos, en una situación super interesante.

Sandra hizo una breve pausa y luego me preguntó sin ambages… ¿Nunca habías tenido sexo con una chica…? Porque yo también te noté bastante desenvuelta y no creo que haya sido solo la excitación del momento.

Lésbica, lo que se dice lésbica pura…No. He tenido experiencias parecidas a la que hemos tenido hoy, le contesté. En eso me llevas ya un punto de ventaja. Le sonreí.

¡Vaya! Por lo que dices, han sido varias. Al menos cuéntame cómo fue la primera.

Tampoco hace mucho de ella. Fue el verano pasado. Cuando me fui con Verónica unos días a su casa de la playa ¿Te acuerdas…? Bueno. Conocimos a tres tíos super guapos en la playa. Gianfranco, Luigi y Pietro. Como no, italianos. La verdad es que eran guapísimos los tres. Así es que, en realidad, no nos importaba en absoluto cuál de ellos hubiera querido enrollarse con nosotras. De verdad que, cuando se acercaron para abordarnos, ni imaginábamos que terminaríamos los cinco en una orgía alucinante.

Se notaba que tenían pasta, porque habían alquilado un chalet con piscina en el mismo paseo marítimo. Pasó lo de siempre. Que si de dónde sois, que qué guapas estáis. Que venimos de Italia y queremos conocer gente. Que a qué nos dedicábamos. A qué se dedicaban ellos. Y en fin, todas esa chorradas. Luego jugamos con las paletas, entre risas e intentos de toqueteo por parte de los tíos, que no evitábamos del todo. Bañito en el mar. Más jugueteo en el agua y así la mañana, hasta que al medio día tocó ir de cañitas y tapas, terminando por ser invitadas a comer.

Después de esa espléndida comida, bien regada por un Pichler, el vino blanco más exquisito que he probado, los tíos nos invitaron a su chalet para pasar allí la tarde, tranquilos, gozando del jardín y la piscina. Y ahí comenzó todo.

En un momento dado decidimos tomar el sol y, sin siquiera imaginar lo que terminaría desatándose, Verónica y yo, mirándonos cómplices, decidimos, más bien juguetonas y divertidas, provocar a los chicos quitándonos el sujetador de nuestros bikinis. Como sabes el top lets es ya algo totalmente común en las playas y ya nadie se escandaliza con ello. De hecho, cuando nos encontramos con los tíos, nosotras estábamos tumbadas al sol sin nuestros sujetadores. Y así permanecimos hasta que nos fuimos de la playa. Lo único especial esta vez, es que estábamos en su casa, a solas con ellos y ya se sabe cómo son los machos. Podían, como así sucedió, pensar que, más que un hábito ya sin trascendencia, era una invitación. Lo era y no lo era. Ya te dije que es lo más habitual, aunque no tanto ante unos chicos desconocidos y a solas en un recinto privado. Ahí estaba el punto del morbo.

Bueno. Como quiera que fuese la cosa, en un momento dado Verónica se metió en la piscina, mientras yo seguía tomando el sol boca abajo. Al poquito rato, sentí a dos de los tíos tumbarse a mi lado, uno a cada lado mío. Eran Gianfranco y Luigi. Abrí los ojos somnolientos, ya que el sol de la siesta me estaba adormilando. Gianfranco me sonrió cordialmente y yo le devolví la sonrisa, cerrando nuevamente mis párpados. Me preguntó si íbamos a quedarnos mucho tiempo en la playa. Agregando que sería fantástico, porque ellos pensaban pasarse el mes allí. Al entender que quería conversación, me pareció educado incorporarme un poco y mirarle, de modo que sin cambiar de posición, alcé mi torso apoyándome en mis brazos. No sé cuántas tonterías más hablamos, pero, al rato de estar en esa posición, comencé a sentir una leve molestia en los hombros, seguramente algo entumecido por la posición, de modo que me giré y me senté para darme un pequeño masaje. Al verme, Gianfranco me preguntó si me molestaba el hombro, cosa que era evidente, por lo que, no esperando respuesta me dijo si acaso quería que me hiciese un masaje. Que era todo un experto.

Fantástico, le respondí. Entonces se puso en cuclillas detrás de mí y comenzó a dármelo.
Lo tienes un poco tenso. Échate boca abajo. Te haré un buen masaje, que te dejará como nueva, me espetó cariñoso y cordial. Se arrodilló a un costado mío y comenzó a masajearme. Era delicioso. Un verdadero placer sentir sus suaves y a la vez fuertes manos recorriendo mis hombros y mi espalda provocándome un alivio y una relajación increíbles.

Voy a distenderte toda la zona de las vértebras, me dijo. Y sin más se montó sobre mis muslos y comenzó a masajear vértebra por vértebra. Aquello era la gloria bendita. Un placer y un alivio indecibles. Al poco rato se colocó de rodillas delante de mi cabeza, inclinando su torso casi por encima de ella y extendiendo sus brazos para alcanzar con sus manos mi espalda desnuda. Comenzó a hacerme un masaje que, esta vez, parecían más bien caricias. No dije nada porque, la verdad, me estaba resultando super agradable. Él paseaba sus manos desde mi nuca, deslizándolas suavemente por mis omóplatos, mis lumbares, para seguir delicadamente hacia abajo, hasta casi rozar la pretina de la braguita de mi bikini.

De pronto me percaté de que algo no cuadraba. Si él me estaba masajeando, o mejor dicho, acariciando la espalda… Entonces ¿Por qué sentía sus manos en mis pies…? Aquello me gustaba muchísimo, pero no por ello dejé de percatarme. Pronto comprendí que era Luigi, porque momentos antes había visto que Pietro de había metido también en la piscina.

Tampoco dije nada. Era todo tan agradable y halagador, que me dejé llevar silente e indolente.

Luigi pasó de los pies a masajearme las piernas, desde los tobillos hasta la rodilla. Poco a poco, primero tímidamente, después, al ver que yo no reaccionaba en contra, más decidido, comenzó a acariciarme los muslos. Animados por mi aquiescencia, Gianfranco, de rodillas, se arrastró un poco más, de modo que mi cabecita quedó encajada prácticamente en su entrepierna. Podía sentir como me rozaba la cabeza el bulto de su ya endurecida verga, mientras sus manos ya se entremetían por debajo de la pretina de la braguita del bikini, acariciándome con la yema de sus dedos la parte superior de mis firmes nalgas. Y Luigi fue deslizando sus manos, bordeando el interior de mis muslos.

A esa altura sabía que, o bien les paraba, o ya no podía haber marcha atrás. Pero yo también me encontraba excitada, y un impulso irrefrenable me llevó a abrir mis muslos como señal de permiso para continuar con el juego. Luigi lo comprendió de inmediato y no tardó en deslizar sus manos decididas por el interior de mis acanelados, bien torneados y firmes muslos. Poco a poco fue llevándolas hasta rozar mi coñito a través de la fina y humedecida tela del bikini, que ya apenas lo cubría.

Al percatarse que sus roces no hallaban obstáculo, comenzó a acariciarme el coñito, ya sin disimulo, en tanto que Gianfranco introducía sin tapujos las manos por dentro del bikini, acariciándome las nalgas, abarcándolas plenamente con sus grandes manos.

Pero, en eso, recordé a Verónica… ¿Qué podría estar pensando? Era claro que la idea había sido que nos ligaríamos, cada una, uno de los tíos…Pero ¿dos a la vez? ¿Cómo estaría reaccionado al verme magreándome impúdicamente por esos dos tíos? Así es que, a pesar de toda la calentura y el placer que estaba experimentando, con voz suplicante, dije a los chicos… ¡Parad, por favor. Ahí está mi amiga y me da un poco de vergüenza que me vea así!

Gianfranco y Luigi empezaron a reírse. Y me respondieron… Tranquila nenita. Tu amiguita se lo está pasando de maravilla. Mírala…

En efecto, Verónica, sentada en el borde de la piscina, estaba morreándose ardorosamente con Pietro. Pero no solo era eso. Abierta totalmente de piernas, y una de ellas levantada y flexionada, apoyando el pie sobre el bordillo de la piscina, ofrecía su coñito anhelante a las ávidas manos de Pietro, que las tenía metidas por dentro del minúsculo bikini, refregándole los dedos, seguramente entremetiéndoselos entre los pliegues de los labios vaginales, o acariciándole el clítoris. En esos momentos en que la miraba, inclinó su torso hacia abajo, acercando su rostro a la altura de la polla de Pietro. Alcancé a ver aún el enorme bulto de su enorme verga aprisionada dentro de su bañador, asomando el hinchado glande por encima. Apenas un instante, porque las manos de Verónica se aprestaron, afanosas, a extraer el enorme miembro. Enorme…Descomunalmente enorme y grueso, semejante a aquellos bálanos de los que presumen tan orgullosos los hombres de color. Ella miró unos instantes aquella verga, tan extasiada y admirada como lo estaba haciendo yo. Después le chupeteó el glande, para luego recorrer con su lengua todo lo largo de aquella polla, desde los huevos hasta la punta del capullo y, finalmente metérsela en la boca. Engullirla hasta todo lo que podía caberle dentro de ella.

Ver a mi amiga Verónica como una puta viciosa y arrastrada, chupándole aquella enorme polla a aquel tío, me enloqueció de excitación. Más aún cuando, habiéndome sentado para mirar la escena, Gianfranco se había puesto de rodillas tras mi espalda, deslizando sus brazos por mis costados, alcanzando con sus manos mis tetas y mis pezones endurecidos y empitonados. Los acariciaba suavemente, con un levísimo y cosquilloso roce con la yema de sus dedos y con la palma suavísima de sus manos, erizándome la piel, mientras su rostro se apegaba al mío, recorriendo sus labios por mi cuello, mis mejillas, chupando y mordisqueándome los lóbulos y musitándome palabras obscenas, tales como… ¿Lo ves …? No hay problema. Reconoce que te estás poniendo cachonda y estás deseando que te follemos…Quieres sentirte una zorrita, como tu amiguita, y te daremos el gusto…

Y Luigi tampoco se había detenido. Yo estaba sentada sobre el césped, apoyada en Gianfranco, con las piernas flexionadas y abiertas. Luigi se había acostado metiendo su cabeza entre mis piernas, cogiéndome de los muslos, besándome el interior de los mismos. Luego deslizó una de sus manos entremetiendo los dedos por la telita de mi bikini, empapándose los dedos con las secreciones lúbricas que emanaban de entre mis chorreantes labios vaginales, hurgando entre ellos, palpando con sus dedos la entrada de mi vagina, acariciándome el clítoris.

¿Cómo Verónica, que aparentaba ser una chica bastante modosita, podía haberse entregado así? No sé por qué me hacía esa pregunta, cuando yo misma estaba, no solo en ese trance, sino que aún más, me lo estaba montando con dos tíos. Pero, con todo, me lo preguntaba. Tal vez si no la hubiera visto en ese trance yo me habría cortado un poco y no les hubiera dejado avanzar, por muchas ganas que tuviese. Pero aquello me liberó de pudores y vergüenzas y me entregué salvajemente a lo que vendría. Cuando más tarde Verónica y yo hablamos sobre el asunto, paradójicamente a ella le había pasado lo mismo que a mí. Pietro empezó a tontear con ella en el agua. Se dieron alguno que otro morreo. Él la arrinconó en un costado de la piscina, la besó metiéndole la lengua hasta el fondo de la garganta, mientras sus manos la toqueteaban por todas partes. Fue cuando ella intentó pararlo, con el mismo pretexto que yo les había dado a los chicos. Le daba vergüenza estar así delante de mí. Y entonces Pietro le hizo ver cómo Luigi y Gianfranco me estaban masajeando. Aunque mis chicos aún no habían entrado en la fase más ardiente del masaje, a la distancia en que Verónica y Pietro observaban la escena, parecía que ya estábamos liándonos los tres. Eso alivió a mi amiga que, entonces, también se dejó llevar por la excitación que encendía toda aquella atmósfera.

El hecho es que, rota la barrera del pudor, me relajé para dejarme hacer todo lo que aquel par de tíos quisieran hacer conmigo. No les fue difícil percibir ese momento. Luigi se puso de rodillas entre mis piernas abiertas. Llevó sus manos al costado de mis caderas. Cogió los lazos de mi bikini. Tiró de ellos, deslazándolos. La prenda cayó sobre el césped. Me agarro fuertemente de los muslos. Me atrajo hacia él, quedándome recostada sobre el césped, ya que Gianfranco se había incorporado, despojándose de su bañador. Luigi se acostó boca abajo, siempre cogiéndome de los muslos para mantenerlos totalmente abiertos. Acercó su cara hasta mi coño. Lo miró con lascivia. Sacó su lengua. Recorrió, palpando con la punta de la misma todo el pliegue de mis labios vaginales. Fue entreabriéndolos, absorbiendo mis abundantes secreciones lúbricas. Llevó una de sus manos hasta mi coño. Abrió con ella mis labios vaginales mientras pasaba toda su lengua por la entrada de mi vagina. La metió dentro con serpenteantes movimientos.

Mientras Luigi me hacía ese placentero cunnilingus, Gianfranco se había puesto junto a mí y de costado, acariciándome las tetas y dándome unos besos de lengua que me volvían loca. Comenzó acariciándome dulcemente las mejillas mientras me miraba a los ojos con ternura y con intenso deseo. Acercó entonces sus labios a los míos. Nos los rozamos suavemente, con terneza. Atrapó con levedad mi labio inferior entre los suyos. Volvió a posarlos en los míos con más fuerza. Humedeció mis labios con su lengua, entreabriéndomelos y nuestras lenguas se encontraron ávidas, enredándose, buscándose con una fuerza cada vez más apasionada. Sentía en mis tetas sus manos, abarcándolas con suavidad, dándome pellizquitos breves y tiernos en mis erectos y endurecidos pezones. Comencé a gemir de placer. Me sentía caliente, desenfrenadamente excitada. Empecé a contonearme sin control, buscando refregar frenéticamente mi coño en la ansiosa boca de Luigi. Sujeté fuertemente con mis manos el cuello de Gianfranco, atrapándolo en un beso interminable, donde mi lengua se entreveraba desesperada a la suya. Él comprendió que me sentía desatada. Entonces se soltó suavemente de mis manos. Se puso sobre mi torso, de rodillas, con las piernas en mis costados. Cogió mi cabeza elevándola un palmo y puso su enorme bálano sobre mis labios. Sentí la suave tibieza de aquel enorme miembro, duro y potente. Su aroma y sabor excitante, ligeramente acídulo y dulce. Entreabrí los labios y lamí con la punta de la lengua el prepucio, tenso como la cuerda de un arco por la erección. Abrí aún más mi boca y comencé a extenderme en enormes lengüetazos por el tronco de aquella polla enhiesta hasta volver al prepucio, esta vez para abarcarlo entero. Gianfranco se irguió un poco, acercando sus huevos hasta mis labios, posándolos sobre ellos. Los lamí y succioné suavemente. Luego él retrocedió un palmo, presionando ligeramente la punta de su polla en mi boca. La abrí de inmediato y él fue metiéndomela dentro lentamente hasta alcanzar el fondo de mi garganta. Mi lengua la envolvía frenética en el interior de mi boca y él comenzó un vaivén hacia adentro y hacia afuera, metiéndola y entresacándola, sin salir su glande del todo.

Luigi combinaba su experta lengua con sus no menos expertas manos, una vez lamiéndome y metiéndome la lengua en mi empapado coñito, otras veces acariciándome con la yema de sus dedos entre los labios vaginales, o bien magreándome dulcemente el clítoris. Yo gemía de placer entre suaves contoneos. Al final, se arrodilló entre mis muslos, que cogió con sendas manos, elevándome el culito hasta la altura de su colosal verga. Sentí su endurecido e hinchado glande rozarle entre los labios vaginales, refregándose entre ellos, hasta embocarse y penetrarme muy despacio. Era tan placentero sentirla dentro, que fui contrayendo las paredes vaginales para sentirla de lleno. Me perforó hasta el fondo. Sus huevos golpeaban sobre mi coño, y comenzó a meterla y sacarla, primero con lentos y suaves movimientos, que poco a poco fueron acelerándose rítmicamente, hasta convertirse en movimientos frenéticos.

La idea de ser penetrada, acariciada y manoseada por dos tíos a la vez, emputeciéndome, arrastrada, viciosa y sin control, por mis instintos más inconfesables; aquella profanación de mi decencia, unida a esa prácticas lascivas, de zorra dominada por la lujuria, estaban a punto de llevarme al orgasmo. Pero Luigi y Gianfranco deseaban hundirme aún más en sus obscenidades. De pronto se levantaron…

¡Venga putita! Toca cambio de postura. Ponte a cuatro patas. Obedecí sumisa, urgida por el deseo de que esos dos tíos me profanaran toda. Gianfranco se arrodillo frente a mi culito y, sin contemplaciones, de un solo golpe me penetró hasta el fondo del coño, follándome sin piedad, mientras Luigi se colocaba delante de mí, agarrándome fuertemente del pelo, ordenándome que le chupara la polla.

Fue entonces cuando noté la cercana presencia de Verónica y Pietro. Ambos, de pie, contemplaban la escena. Ella se había empezado a acariciar el coño mientras Pietro le metía la polla por detrás, refregándosela por el perineo y el coño. Me excitaba sentirme mirada, como una puta exhibiéndose en un espectáculo porno, perdida, sin pudor.

Al rato, Luigi me sacó su polla de la boca. Se incorporó dirigiendo sus pasos hacia mi amiga. Le cogió las manos llevándola ante mí.
…Mira la perra de tu amiguita, le dijo ¡Cómo se entrega la muy zorra! Ahora vas a acompañarla tú, putita.

Y sin más, la recostó boca arriba, abriéndole los muslos, ordenándole que los encajase de modo que, mi cabeza, quedase a la altura de su coñito.

¡Empieza a lamérselo, furcia viciosa, me ordenó con imperio, mientras él y Pietro se arrodillaban a ambos costados nuestros, acariciándose la polla. Entonces Luigi me cogió del pelo llevándome la boca hasta su miembro, indicándome que se lo mamase. Después fue Pietro quien me agarró del pelo llevándome hasta su verga, metiéndomela hasta el fondo de la garganta. Al rato, volvió a asirme del cabello para llevar mi sucia boquita hasta el coñito de Verónica. Así estuve un buen rato de polla en polla y de éstas al coño de mi amiga.

No tardaron en poner a Verónica a cuatro patas y a mí debajo de ella, con mi cabeza encajada entre sus muslos, para que siguiera lamiéndole el coño. Entonces Pietro se montó sobre mí, de rodillas, a la altura de mis tetas y comenzó a follársela, ordenándome lamerle los huevos y la polla en cada embestida, a la vez que el coño de Verónica. Luigi, de rodillas delante de ella, la cogió del pelo mientras le ordenaba que le mamase la polla. Por su parte, Gianfranco seguía profanándome el coñito.

De pronto todos empezamos a respirar muy fuerte, a gemir y jadear. Pietro tuvo un fuerte estertor, corriéndose en la boca misma del coño de Verónica, escurriéndose y deslizándose su espesa, caliente y abundante lefa entre sus labios vaginales y chorreando en gruesos hilos sobre mi lengua ávida. Lamí, absorbí y chupetee todo ese semen esparcido por el coño pringoso de Verónica y por la verga empapada de Pietro.

Casi al mismo tiempo Luigi se corrió entre bramidos y convulsiones en la boca de mi amiguita, rebosándosela de tal forma de lefa, que le salió por la comisura de los labios, recorriéndole las mejillas e impregnándole toda su carita de niña inocente y vencida.

Tampoco tardó Gianfranco en correrse dentro de mi coñito, pringándome los labios vaginales, las ingles y el interior de mis muslos.

Mientras mi boca limpiaba el coñito de Verónica, ella comenzó a gemir y a arquearse pero, cuando parecía estar a punto de gozar de un orgasmo que parecía iba a ser increíble, los tíos me ordenan que pare y a ella que se invierta para lamerme el coño… ¡Era impresionante…! Nos estábamos haciendo un sesentainueve, embadurnándonos nuestras bocas de esa excitante mixtura que eran nuestras secreciones lúbricas y el semen de aquellos machos. Nuestras lenguas, frenéticas, ávidas, lamían sin cesar. Nos chupeteábamos mutuamente nuestros coños, los labios vaginales. Nos lamíamos nuestros clítoris anhelantes, urgidas por el deseo y el frenesí de un tremendo orgasmo que no tardó en venir entre estertores convulsos y gemidos desgarradores, mientras oíamos a aquellos tíos proferirnos todo tipo de obscenidades… ¡Así, putas pervertidas. Daos gusto como viciosas degeneradas! ¡Eso, furcias, follaos esos coñitos con esas lenguas sucias! ¡Emputeceos para nosotros, guarras….!

Al final, exhaustas, vencidas y con cierta extraña y paradójica sensación de placentera humillación, quedamos tendidas una al lado de la otra en la misma posición invertida con que habíamos practicado ese impresionante sesentainueve. Pero aún no contentos con aquella escena tórrida, los tíos me ordenaron invertirme de modo que quedaran nuestros rostros frente a frente. Y entonces nos ordenaron besarnos en la boca. Aquellos belfos aromados de pollas, lefa y secreciones lúbricas, de la fragancia de nuestros coños, fueron embriagándonos nuevamente de sensualidad… ¿¡Qué voy a contarte…!? El resto de la jornada y los días siguientes fue una bacanal sin fin donde, por otra parte, tanto Verónica como yo perdimos la virginidad de nuestros culitos. Pero eso ya te lo contaré más tarde, u otro día.

Sandra y yo no habíamos excitado una barbaridad contándonos nuestras iniciaciones como guarritas viciosas, pero sabíamos que había más y, sobre todo, que aquello no era más que el principio de una serie de aventuras ardientes a futuro. Pero, de todo esto, ya os iré contando en próximas entregas.

 



Relato: El día que nos hicimos putas (2)
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