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Relato: Arrodíllate y chúpamela

Relato: Arrodíllate y chúpamela

  

ARRODÍLLATE Y CHÚPAMELA



Por: Horny


*******


La conocía desde la niñez pues vivíamos en el mismo barrio y
hasta estudiábamos en el mismo colegio. En esa época pensaba – con el corazón y
las hormonas a mil – que la amaba. Éramos de la misma edad pero es bien sabido
que las mujeres maduran más rápido, por dentro y por fuera; tan así era que bien
erguido le llegaba a la oreja. En medio de mis delirios imaginaba que ella me
correspondía y que un día de tantos vendría a buscarme a mi casa, yo estaría
solo y pasaría de todo.


Efectivamente, un día vino a buscarme a casa, yo estaba solo
y me dijo que pensaba casarse con un imbécil que hasta ahora me enteraba era su
novio. Mi mente novelesca había creído leer tristeza en sus ojos cuando me había
contado lo del matrimonio... "a lo mejor lo dijo por darme celos"
pensé... pero no era así. Y los preparativos comenzaron.


Siempre deseé tener algo con ella, lo que fuera, pero tenía
una fantasía específica. Cuando pensaba en esa mujer la imaginaba ofreciéndome
sexo oral. Y es que tenía una cara tan angelical que el solo hecho de fantasear
con eso me parecía muy pero muy morboso. Realmente tenía cara de ángel... y
mirada de demonio...


Una semana antes de casarse me la encontré en un bar, sentada
en la barra, con la mirada perdida, revolviendo su bebida con un pitillo y una
mano en la barbilla. Me quedé contemplándola unos minutos antes de acercarme.



¿Puedo sentarme? – pregunté nervioso.


Por favor – contestó ella sonriendo.



Casi en el mismo momento me arrepentí, realmente no sabía de
que hablarle, por lo general salíamos en grupo, con todos los muchachos de la
cuadra, ahora era una mujer, iba casarse, yo aún era un chico.



¿Qué estás tomando? – le pregunté como por decir algo aunque
luego me sintiera estúpido.


Una coca cola – dijo ella sin dejar de sonreírme como si yo
hubiera dicho algo brillante.


Te invito algo mas fuerte – le dije – tómalo como si fuera tu
despedida de soltera.



Antes de ordenar me escurrí hasta el baño, estiré el par de
billetes arrugados que traía encima. Eso junto con las monedas alcanzaba apenas
para una botella de aguardiente y regresar caminando a casa. Pero no me
importaba. Volví a la barra, pedí la botella y a beber se dijo.


El trago afloja la lengua, tanto que terminamos hablando como
los grandes amigos que nunca habíamos sido, aunque evitando ambos el tema del
matrimonio.


Poco después de las tres de la mañana salimos del lugar
riéndonos y hablando aún hasta por los codos. Ella se veía bastante mareada por
lo que insistí en acompañarla hasta su casa. Minutos después estábamos
interpretando la típica escena de la parejita en la puerta de la casa de ella:
ambos nerviosos, callados, sin saber quién iba a despedirse primero y si nos
daríamos un beso o si pasaría algo más.


De repente ella se me quedó viendo y me dijo con voz
sugestiva: "Pídeme lo que quieras". Lo pensé unos segundos y respondí:
"¡No te cases!"
. Hoy en día aún recuerdo ese momento con vergüenza. ¿Había
sido un estúpido o solo estaba fingiendo? Ese es y seguirá siendo una de los
grandes enigmas sin resolver de la historia de la humanidad. Solo a mí se me
había podido ocurrir responder semejante cosa teniendo una larga lista de
posibles respuestas como por ejemplo: "arrodíllate y chúpame la verga que es lo
que he deseado hace años" o más sutilmente: "dame una buena mamada de
despedida", pero no lo había dicho y ya no había marcha atrás.



Imbécil – me dijo ella entrando a su casa dando un portazo.



Me quedé parado largo rato en su puerta, pasmado, meditando,
asombrado, tratando de entender y asimilar el extraño comportamiento femenino,
al igual que mi estupidez e incapacidad de reaccionar ante lo inesperado. A los
ocho días estaba casada, se fue del barrio con su marido y no la volví a ver.


*******


Quince largos años pasaron, durante los cuales me estiré unos
centímetros, me casé, tuve cuatro hijas las cuales son mi adoración pero nunca
dejé de pensar en mi amor de la adolescencia. Era como esas cosas inconclusas
que siempre se están colando en tu cabeza aunque tu no quieras, como un asunto
pendiente, una frase sin terminar, una fantasía tan anhelada que si no la colmas
no tendrás paz. Amaba a mi esposa, era la mujer de mi vida, nunca había tenido
una amante salvo alguna aventura indigna de mencionar pero el diabillo de mi
amor de juventud siempre rondaba en mi cabeza (en mis dos cabezas).


Algo dentro de mi me decía que no me podía morir sin volver a
verla, después de todo siempre había sido un soñador e imaginaba que pasaría
como en aquellas novelas en las cuales cerca del final los protagonistas se
reencuentran para jurarse amor eterno... o al menos para pasar un buen rato
juntos en un instante memorable que les haga sentir que sus miserables vidas
valieron la pena.


¿Qué si nos encontramos? Claro que sí, sino este relato no
tendría razón de ser. Fue para una reunión de exalumnos del colegio la cual se
llevaba a cabo cada 5 años. Yo nunca había asistido porque me daba pereza pero
en esta ocasión la nostalgia prácticamente me obligó. Me despedí de mi mujer
pidiéndole que no me esperara despierta pues posiblemente tardaría bastante.


Y allí me encontraba yo, cerca de la entrada del salón de
eventos, un hombre de treinta y tantos, con mi mejor vestido, embadurnado de
loción, recién afeitado... en fin... como todo un adonis. Instintivamente la
busqué con la mirada pero no la vi. Me encogí de hombros, fui a buscar una copa
y luego me reencontré uno a uno con mis viejos compañeros y amigos.


Alrededor de una hora después llegó ella. No la reconocí
inicialmente, estaba muy cambiada, tuve que verla de frente para saber que era
ella. Su cara era la misma, como la de un ángel, pero su cuerpo definitivamente
no era el de antes, era dos veces ella, los hijos y el tiempo no habían pasado
en vano y eso se notaba en sus ahora amplias caderas y los rollos en la cintura;
aunque la verdad eso no me importaba mucho, fantasía era fantasía, su rostro no
había cambiado y era ese rostro quien protagonizaba mis sueños mas incómodos.
Miré su boca, jugosa, carnosa y la imaginé rodeando mi verga. Fue inevitable
empalmarme en ese momento... ¡a buena hora! ella me había reconocido y caminaba
hacia mí. Afortunadamente la chaqueta de mi traje era larga y ocultaba mi
involuntaria erección que era de tal magnitud que la verga se me había salido
por la abertura del boxer, quedando en contacto directo con mi pantalón.


Al saludarnos nos ruborizamos un poco, recordando el
bochornoso último encuentro de hace 15 años. Mentí al decirle que estaba igual,
que no había cambiado nada... o sí... le dije que la madurez le había dado un
toque mas interesante. Copa va, copa viene, entramos en el inevitable tema de
los hijos, de la rutina del matrimonio, de la vida sexual... al parecer yo
también era un asunto pendiente para ella; un punto a mi favor, las cosas no
podían haberme salido mejor.


Llegó la hora de la cena por lo que nos reunimos los amigos
más cercanos en la misma mesa, ella a mi lado. Su mirada de lujuria anunciaba
una noche prometedora, al verla así deduje que su marido no la satisfacía
completamente... o que simplemente deseaba un poco de acción. Uno de mis amigos
se dio cuenta y comenzó a burlarse de mí con frases como: "te ganaste a la
gordita" y cosas por el estilo. No le presté atención, sus kilogramos de más
eran indiferentes a mis propósitos.


Me acerqué a su oído y le dije que me encantaría repetir la
escena de hace 15 años con una ligera variante, que mi respuesta iba a ser otra.
Como si el tiempo no hubiera pasado se acercó a mi oído y me dijo "Pídeme lo
que quieras"
, de la misma manera que 15 años atrás. Me puse a mil y le
contesté con la frase que había ensayado tantas veces: "arrodíllate y
chúpamela"
. No tuve que repetírselo, en un segundo y con una agilidad que me
sorprendió dado su volumen corporal, se deslizó bajo la mesa. Quedé pasmado, en
la emoción del momento no caí en cuenta que era preferible ir a otro lugar,
incluso al baño... pero ya era demasiado tarde, seguro que alguien se había dado
cuenta que se había metido bajo la mesa y si para rematar volvía a salir era
fijo que más de uno lo notaría y sería desastroso. Lo mejor era esperar el
brindis o algo así para pedirle que saliera, pero para cuando lo pensé, esta
mujer se había apoderado del cierre de mi pantalón con tal afán y emoción que al
bajarlo la cremallera bajó con piel y todo causándome un dolor que solo recuerdo
haber sentido en la pubertad cuando tuve un accidente similar el día que mi mamá
me pilló haciéndome la paja. Sentí ganas de gritar, de llorar, de patear bajo la
mesa a la causante de semejante catástrofe. Al menos el cierre bajó
completamente y no se quedó atorado a media marcha, eso habría sido peor... pero
en ese momento yo solo pensaba que esas cosas no tenían porque ocurrir... y un
par de lagrimitas impotentes se escaparon de mis ojos.


Ella, ajena a todo, enceguecida por las ganas que tenía de
probar mi herramienta, ni cuenta se dio del accidente, se metió mi dolorido
miembro en la boca y comenzó la faena. Realmente no fue como lo esperaba, sino
todo lo contrario... el morbo para mi era ver su rostro mientras mamaba, ese
rostro especialmente angelical y lo único que veía era el mantel. Respecto a las
sensaciones, la mamada no era nada del otro mundo, mas bien me molestaba, era
demasiado intensa, demasiado fuerte, poco sutil... además tenía una herida que
me hacía ver las estrellas y dadas las circunstancias de estar rodeado de gente
la cosa empeoraba. Pensé que el peligro de ser descubiertos me excitaría, pero
no, me ponía nervioso... a escasos metros estaba el director del plantel, mis
antiguos maestros ya ancianos, conversando tranquilamente, ajenos a lo que
ocurría bajo la mesa y yo, completamente tieso, muy lejos de sentirme relajado,
con ganas de cerrar las piernas pero imposibilitado ante la mujer voluminosa que
tenía entre ellas.


Así que lo que comenzó quince años atrás como una hermosa
fantasía terminó convertido en la peor pesadilla sexual de mi vida. Yo por
supuesto no eyaculé, aunque me habría encantado llenarla completamente de semen,
dejarle la cara tan embadurnada que no pudiera salir de bajo la mesa en toda la
noche. Para acabar de completar, cuando por fin salió del encierro, la Señora se
sintió molesta y ofendida por el hecho de que yo no pude llegar al orgasmo y me
salió con reclamos de si no me había gustado y cosas así. Tuve que inventarle un
cuento reforzado sobre un supuesto problema que me lo impedía, que incluso
estaba bajo tratamiento médico etcétera, etcétera. Sobra decir que apenas pude
puse pies en polvorosa y regresé a mi casa, al calor de los brazos de mi mujer,
a mi camita donde puede que no fantasee tanto pero al menos me siento seguro.


 



Relato: Arrodíllate y chúpamela
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