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Relato: La tienda (1: la poción)

Relato: La tienda (1: la poción)

  

Tic-toc… tic-toc… tic-toc… la madrugada se le echaba encima.
Natalia miraba al techo en medio de la oscuridad de su cuarto. No podía dormir.
Podía, pero no quería. Y no quería por que cada vez que cerraba los ojos esa
maldita cara volvía a su mente. No habían palabras suficientes para explicar lo
horripilante de esa cara. Deforma, llena de pústulas supurantes, con unos ojos
casi escondidos entre las deformidades de la frente, unos dientes negros, una
lengua como de serpiente, y siempre se le acercaba. En cuanto Natalia cerraba
los ojos esa cara comenzaba a perseguirla. Por más que huyera, esa cara siempre
estaba detrás de ella, persiguiéndola. Hasta que notaba como si estuviera
paralizada y no se podía mover. Entonces esa cara se le acercaba, alargaba la
lengua y cuando estaba a punto de tocarla… se despertaba. Se despertaba con un
grito y envuelta en sudores fríos. No podía continuar así. Llevaba dos días sin
poder dormir por culpa de esa pesadilla. Ya no podía seguir así. No rendía en el
instituto, vivía atemorizada por si se encontraba esa cara tras doblar cualquier
esquina... Necesitaba un remedio ¡Ya!


El despertador sonó y Natalia todavía no había cerrado los
ojos. Sus ojeras eran más que evidentes. A sus diecisiete años el sueño la había
envejecido dos décadas por lo menos. Los rayos de sol se colaban temblorosos por
la ventana de la habitación de Natalia. Se levantó, se duchó, se vistió,
desayunó y salió hacia el colegio. Echó un vistazo a su alrededor en la mañana
del miércoles. Todo era tan jodidamente idéntico al día anterior que Natalia
incluso pensó que seguía atrapada en un eterno martes. Nada nuevo bajo el sol,
cantaban los viejos poetas, pero sí que había algo nuevo. Dos hombres enfundados
en su mono de trabajo estaban colocando un letrero en la parte superior de la
entrada de un local. Ese local llevaba abandonado tres meses por que el negocio
anterior había quebrado, y por fin alguien se había decidido a comprarlo y
montar su negocio. Natalia se esperó para saber de qué se trataba el nuevo
establecimiento, tenía cierta curiosidad que semanas después maldeciría a voz en
grito.


Cuando el cartel estuvo colocado, Natalia pudo ver el nombre
del establecimiento: "Ké necesitas?". No decía nada sobre el tipo de negocio, y
Natalia se extrañó del nombre.


"¿Ké necesitas?- pensó- si te dijera lo que necesito me
tomarías por loca" Sin embargo se acercó para conocer algo sobre la nueva
tienda. Le importaba un carajo si llegaba tarde al colegio. "Colegio hay todos
los días, pero no se inaugura un local con un nombre tan extraño muy a menudo"
El pensamiento nació en su mente, aunque Natalia no pudo reconocer la voz que lo
había dicho.


Natalia cruzó la calle para entrar en la tienda, los dos
operarios ya habían colocado el cartel y se habían marchado, y la joven pensó
que sería bueno entrar en la tienda, aunque sólo fuera para curiosear. Sin
embargo, cuando estuvo parada delante de la puerta, comprobó que había un
cartelito que ponía "cerrado". Tenía que haberlo adivinado. Natalia se iba a dar
la vuelta cuando un rostro apareció por la puerta. Después del sobresalto
inicial, Natalia pudo ver como alguien abría la puerta desde dentro y un hombre
aparecía tras ella.


- Perdona, ¿Te he asustado?


- No, sí, bueno no- Natalia se había puesto nerviosa.- Lo
siento, no sabía que estaba cerrado…


- ¿Eh? Ah, no. Entra. Siempre estoy dispuesto a hacer
negocios...


El hombre que había en la puerta era alto, bien formado,
tendría unos cuarenta años y sonreía como un niño con una sonrisa pícara.


- ¡Vamos, entra! ¡Serás mi primer cliente! ¡Seguro que tengo
algo para ti!


El tendero hablaba con tal convicción que Natalia estuvo
segura de que debía tener algo que ella necesitara. No en vano la tienda se
llamaba "Ké necesitas?". Natalia entró, aún con la mochila al hombro. Lo primero
que notó al entrar en la tienda fue la oscuridad. Toda la tienda estaba a
oscuras, y Natalia tuvo miedo de caminar por si se tropezaba con algo.


- ¡Um! ¡Lo siento!- dijo el hombre mientras accionaba un
interruptor y los tubos de neón del techo comenzaban a encenderse, titubeantes.
La tienda estaba llena de estanterías, y ningún objeto parecía guardar relación
con el que tenía al lado. Una boina, un balón de fútbol bastante destrozado, una
pluma estilográfica, una botella de buen tamaño con un líquido azulado en su
interior, una estatua de un pajarraco… La mirada de Natalia volvió sobre el
frasco de líquido azul.


- ¿Esto qué es?- preguntó. El tendero estaba detrás del
mostrador, siguiendo con la mirada a su primera cliente en potencia. "Primera
cliente" pensó.


- ¿Eso? Es una poción de las tribus amazónicas.- contestó con
una sonrisa, sabiendo que Natalia caería bajo su poder.


- ¿Y qué hace?- Natalia había cogido la botella con sus manos
y notó que pesaba mucho. Estaba hecha de vidrio grueso, y parecía tener ya sus
años. Sin embargo, cuando la tuvo en sus manos, sintió como un relámpago que se
colaba en su cerebro y que le iba quitando el sueño poco a poco.


- Según el chamán que me la dio, esa poción quita los males
del sueño. Un vasito antes de dormir y las pesadillas desaparecen…


Natalia no se lo creía. Era como si el destino quisiera
compensarla por haberla hecho sufrir en sueños.


- ¿Fu-fu-funciona?- A la joven le temblaba la voz. Quizá esa
era la solución a su problema. No creía en las supersticiones, pero ya no sabía
a qué acudir.


- Mira, Natalia. La medicina actual, tal y como la conocemos:
Visita, reconocimiento, análisis, diagnóstico, tratamiento y curación.- El
hombre adornaba cada palabra con un movimiento de sus manos, como si estuviera
ordenando una pila de papeles invisible.- No tiene más que unos pocos siglos...
La sabiduría de las tribus amazónicas se remonta a miles de años atrás en el
tiempo... ¿Tú que crees, Natalia?


"¿Cuándo le he dicho mi nombre a ese tío?" Pensó la joven.


- ¿Cuánto cuesta?- Natalia lo dijo sin mucha convicción.


- Sólo siete euros la botella, pero vamos a hacer una cosa...
Tú te la llevas ahora, la pruebas durante dos noches y si funciona vuelves y me
pagas su precio ¿Entendido?


- ¿Y si no funciona?- Natalia era una chica bastante
precavida.


- Te lo quedas y aquí no ha pasado nada... ¿Para qué quiero
vender yo algo que no funciona?


A Natalia la pregunta le pareció tan obvia que no quiso
protestar.


- Gracias, señor...- la joven se acercó al mostrador y le
tendió la mano.


- Sempere, Toni Sempere Imoy.- Toni le estrechó la mano y
Natalia sintió como una ola de calor la envolvía al tocar la manaza grande del
tendero.


Natalia se despidió y salió para clase. Ni que decir tiene
que llegó tarde al colegio. Sin embargo, la bronca del profesor, sus amenazas de
que se le podía complicar el curso y sus bromas irónicas estaban muy lejos de
Natalia. Natalia sólo pensaba en esa poción mágica que tenía en la mochila,
necesitaba que llegara la noche para probarla, para olvidarse de esa cara que le
impedía dormir tranquila.


El día pasó lento, muy lento, y Natalia de vez en cuando
echaba mano a la mochila para sentir en sus dedos la superficie dura y fría del
cristal de la botella. Por fin, las clases acabaron y Natalia se fue a su casa.
Tenía suerte de tener colegio sólo por la mañana, así podría echarse una siesta
y comprobar el efecto de la poción. Cuanto más palpaba la botella, más segura
estaba de que la poción funcionaría. Se notaba el misticismo al tacto. Llegó a
su casa, contestó maquinalmente a las preguntas de rigor de su madre con
monosílabos. Natalia no estaba allí, su cuerpo estaba sentado a la mesa, pero su
mente volaba, ansiando el momento en que se durmiera sin temer nunca más a la
cara. Terminó de comer con rapidez, y se dirigió a su cuarto con un vaso pequeño
de café en la mano. Lo dejó en la mesita y vertió un poco del líquido azul en su
interior. Se desvistió hasta quedarse en ropa interior y se acostó en la cama.
Dejó la botella en la mesita y se bebió de un solo trago el potingue. Le dejó un
sabor dulzón en la boca, y una sensación refrescante como un chicle de mentol.
Se acostó encima de la cama, sin siquiera retirar las mantas, y se dispuso a
probar la eficacia de la poción.


Cerró los ojos y no tardó en quedarse dormida. De repente se
encontró en un prado. Todo verde, todo fresco, todo bello y… ninguna cara…
Empezó a dar vueltas en el prado, hasta le parecía sentir la caricia de la
hierba en sus tobillos. En ese momento, si hubiera estado despierta, a lo mejor
habría visto que en la botella de encima de la mesita se reflejaba el rostro de
Toni Sempere Imoy, el tendero, con una sonrisa maliciosa en los labios.


Natalia seguía dando vueltas en el prado, de repente, unas
manos grandes, varoniles, la atraparon en el sueño y la obligaron a detenerse.
Se dio la vuelta y era su profesor de matemáticas. De repente, la atrajo hacia
sí y la besó en los labios. La joven no se oponía, y eso le inquietaba. No
comprendía nada, ese hombre no sólo no era atractivo, sino que se comportaba
despóticamente con ella, tratándola como bazofia. Sin embargo, ese beso la
estaba excitando, y sintió que en el sueño la temperatura estaba ascendiendo.


Natalia, en la cama, aún dormida, fue paseando su mano de su
pecho hasta su vientre, bajando más y más, reuniéndola con su sexo húmedo, que
la esperaba impaciente.


En el sueño, su profesor de matemáticas había dejado de
besarla y le estaba quitando la ropa violentamente. Natalia hubiera pensado que
la estaba violando si no fuera por que en ese momento deseaba a ese hombre al
que tanto y tanto odiaba. Las fuertes manos del profesor la desposeyeron
rápidamente del abrazo caliente y mojado de sus bragas, y quedó completamente
desnuda ante la virilidad del profesor.


Fuera de sueño, los dedos de Natalia acariciaban su cuerpo
por debajo de las bragas, absolutamente mojados por los besos de su sexo
excitado.


El profesor de Natalia enseguida se desnudó, y tiró a la
joven al suelo. Le abrió las piernas, y Natalia vio el tamaño increíble del
miembro de ese hombre. El profesor lo encaminó al sexo depilado de Natalia y lo
hundió en él de una estocada. Natalia envió al aire un suspiro de placer.


Natalia envió al aire un suspiro de placer mientras sus dedos
entraban y salían una y otra vez de su cuerpo dormido. En la botella, la sonrisa
en el reflejo de la cara del tendero se fue haciendo más grande y malvada si
cabe. Natalia seguía masturbándose violentamente mientras gemía y jadeaba de
placer cada vez más alto. En ese momento, lo último en lo que pensaba (si es que
pensaba en algo), era en que su madre la podría escuchar.


El profesor de Natalia comenzó a embestir violentamente el
cuerpo de su alumna. Natalia gemía de placer, y como si de una descarga
eléctrica se tratase, todo su cuerpo se convulsionó al recibir un poderoso
orgasmo que la hizo gritar tanto en sueños como en la realidad. El orgasmo fue
tan potente que la joven se despertó, aún confusa por el cúmulo de sensaciones
que había sufrido. Sin embargo, no quería abrir los ojos, quería volver a ese
prado para seguir follando con su tan odiado profesor, quería seguir disfrutando
como hacía tiempo que no disfrutaba. De repente, una risa macabra se extendió
por su habitación, como si el silencio y la soledad por fin hubieran aprendido a
hablar. Natalia se levantó asustada y miró a todos lados en su habitación. Allí
no había nadie. Natalia se había debido imaginar esa risa, sin embargo, parecía
tan real…


Natalia se sentó al borde de la cama. Miró a su entrepierna y
vio que las bragas azules que llevaba estaban completamente empapadas. Por un
momento, Natalia se sintió culpable y trató de taparlas a su vista.


La joven se levantó y se dirigió a la ducha. Esa estúpida
poción funcionaba como un reloj suizo recién estrenado, y Natalia sabía que no
tenía que esperar dos días a pagarle su precio a Toni. Después de ducharse
bajaría y se lo pagaría, incluso le pagaría el doble si el precio había subido.
"¡Qué diferencia!" Pensó Natalia. "¡Qué diferencia entre esa horrible cara y el
húmedo sueño que acabo de tener!". La joven se terminó de desnudar y se colocó
bajo el chorro de la ducha. El agua caliente le quitó el sudor que había quedado
pegado a su cuerpo tras el sueño, miró por la ventana y vio que el sol aún no
tenía ganas de echarse a dormir.


Seguramente no habría dormido mucho, con lo que difícilmente
pasarían de las cuatro de la tarde. Salió de la ducha y cogió su reloj de
pulsera. Eran las tres y cincuenta y dos. Natalia se fue a su habitación,
desnuda, para coger algo de ropa. Los cuadros que poblaban el pasillo jamás le
habían parecido tan observadores. Esa foto de su padre parecía querer comérsela
con los ojos. Natalia se perturbó por el pensamiento y aceleró el paso hacia su
habitación. Extrañamente, se sintió a salvo cuando cruzó la puerta y puso sus
manos sobre la botella. Mientras se duchaba tenía en la mente un miedo
irracional a que alguien entrara en su casa y le robara la botella. Era un
pensamiento descabellado, pero era algo que la inundaba de temor. Nadie más que
ella y Toni sabían de las capacidades mágicas del líquido, pero aún así temía
que alguien se lo pudiera quitar. Aún estaba desnuda, pero eso le importaba bien
poco.


Necesitaba esconder la botella para que nadie la encontrara,
necesitaba un sitio seguro. Apartó camisetas y pantalones de los cajones del
armario, y al final apareció el escondite perfecto. El último de los cajones
quedaba a más de treinta centímetros del suelo, y la madera del armario estaba
rota por debajo del cajón, lo que hacía un escondite seguro, a salvo de todo
aquél que desconociera la rotura del cajón. Hace años, tres o cuatro no más,
Natalia había escondido allí todo su arsenal de juguetes sexuales. Allí había
guardado los únicos dos consoladores que había podido conseguir, junto con
algunas revistas que la excitaban sobremanera, además de algunos condones por si
acaso el chico que le gustaba la llevaba a salir y necesitaba algo más que besos
para que no se le escapara. Ahora estaba vacío, por lo menos hasta que guardó la
botella, tumbándola con mucho cuidado para que no se saliera el tapón. Cerró el
cajón taponando la entrada del escondite, e incluso miró a los lados para ver si
alguien la estaba espiando para averiguar dónde escondía su tesoro. "¡Qué
absurdo! ¿Quién va a haber en la habitación?" pensó...


La joven se vistió con lo primero que encontró, cogió su
monedero y sus llaves y bajó corriendo a la calle, pasando por delante de su
madre que dormía en el sillón. Cruzó la calle y tocó a la puerta del "Ké
necesitas?", Ahora con un cartel que mostraba quién era el dueño: "TONI SEMPERE
IMOY". Toni no tardó en abrirle. La miraba con una sonrisa en la cara.


- ¡Natalia! ¿Cómo tú por aquí? No te esperaba hasta dentro de
dos días. ¿No funciona la poción?


No sólo funcionaba, sino que lo hacía perfectamente.


- Sí, sí que funciona. Es más, funciona tan bien que he
bajado para pagarte su precio.


- Pero ya te dije que te la podías quedar dos días...


- Ya, pero no necesito el resto del tiempo de prueba.
Funciona a las mil maravillas.


- Bueno, está bien. Entonces eran sólo siete euros...- dijo
Toni con una sonrisa divertida.


- Ahí van.- Natalia sacó un billete de diez euros del
monedero, aún sorprendida por que el precio no hubiera subido repentinamente. Le
tendió el dinero y Toni lo hizo desaparecer en su mano con un movimiento rápido.
Abrió la caja registradora que presidía el mostrador y extrajo tres monedas de
un euro.


- No.- le dijo Natalia.- quédate las vueltas, de propina.


- No, jamás podría hacer eso. La botella costaba sólo siete
euros y sólo siete euros te voy a cobrar.


El tendero miró a la joven con unos ojos llenos de ternura,
ante los que Natalia no se pudo negar.


- Está bien...- dijo, cogiendo las monedas que le tendía.
Dicho esto, se despidió y se salió de la tienda en dirección a su casa.


- Sólo siete euros…- Toni observaba como Natalia se iba
alejando. De repente, el tendero volteó el cartel de la puerta, mostrando el
mensaje de "Cerrado" a los que vinieran.


- Sólo siete euros….- La sonrisa de Toni se fue
engrandeciendo a medida que las letras del nombre puesto en la parte interior
del cartel comenzaban a moverse como inquietos insectos, adoptando otra
configuración. El nombre "TONI SEMPERE IMOY" tardó bien poco en dejar paso al
mensaje "YO SIEMPRE MIENTO".- Sólo y únicamente siete euros...- Toni dejó
escapar una risa bien sonora y maléfica en el silencio de la tienda.


Las horas pasaban cansinamente y sin prisa por el reloj de
Natalia. Quería irse a dormir ya. Necesitaba tomar otro trago de la poción. No
tenía sueño, no estaba cansada, pero quería dormir. Necesitaba volver a tener
esa botella mágica en las manos. Así pues, cuando la cena estuvo puesta, Natalia
comenzó a devorar lo que tenía en el plato con gran ansia. Ni siquiera
masticaba. El alimento que entraba en su boca era directamente enviado a su
garganta. Tenía ganas de acabarse la cena y volver a su cuarto.


- Vaya, Natalia… nunca te había visto comer así, ¿Tanta
hambre tienes?- su padre veía como el plato de su hija iba menguando rápidamente
de contenido.


- Sí. Es que he tenido un día muy movido.- dijo la joven
cuando toda la cena estuvo ya en su estómago.


Luego de eso se excusó y dijo que tenía sueño, que se quería
acostar pronto. Sus padres asintieron y Natalia entró en su cuarto, cerrando la
puerta con un pestillo que ella misma había colocado tres años antes, cuando
empezó a masturbarse y nació el miedo de que sus padres la descubrieran
practicando la autosatisfacción. Sacó el cajón de sus rieles y metió la mano por
el agujero de la madera. Su cara dibujó una mueca de angustia cuando su mano
tocó el suelo sin dar con la botella. Natalia pensó lo peor. Alguien había
entrado en su habitación mientras ella no estaba y le había robado su tan
necesario brebaje. Alguien le había robado… No. Allí estaba la botella. Había
rodado varios centímetros de su posición inicial, alejándose del agujero de la
madera. Natalia relajó su rostro cuando pudo agarrar la botella. Allí estaba su
tan necesaria poción. Sin embargo, la joven elevó una interjección de fastidio
cuando cayó en la cuenta de que no se había traído ningún vaso para escanciar la
poción. "Y ahora no puedes salir…" le dijo en su cerebro la voz del señor
Sempere. "No puedes salir por que si sales tus padres pueden entrar y ver la
botella. Y una botella tan magnífica seguro que es algo con lo que ellos han
soñado desde siempre. Y si la ven te la quitarán, y esa horrible cara volverá a
tus sueños, y quizá cuando vuelva ya no puedes seguir huyendo de ella. Si
vuelves a soñar con esa cara a lo peor te consigue atrapar…"


- ¡NO!- Natalia desfiguró su rostro por el horror. No podía
dejar que esa cara volviera, no señor. Cogió la botella y abrió el tapón. Pegó
sus labios a la boca del cristal y echó un buen trago del líquido azul. Quizá se
había pasado. El señor Sempere le había dicho que sólo un vaso antes de dormir,
y ella había dejado la botella a medias de un solo trago. "Algo tan especial y
tan bueno no puede tener efectos secundarios" pensó, con una voz parecida a la
del señor Sempere. Sin embargo, otra voz contestó en la mente de Natalia. Otra
voz que era más débil, más escondida, más sensata y más parecida a la voz de la
conciencia de Natalia, que siempre hablaba con esa vocecilla calmada y rasposa
que solía tener su abuela antes de morir, hace sólo diez meses. "¡Oh, sí! Sabes
que sí que hay un efecto secundario. Hay un jodido efecto secundario que tú
conoces y del cual muy pronto caerás en la cuenta, señorita. Tú lo sabes y por
eso yo no te lo voy a decir, así que no preguntes. Tú lo sabes, señorita…
¡Contra las pesadillas!- la voz de su abuela parecía indignada.- ¡Y una mierda!
Tú sabes que esa poción no es para eso, pero te niegas a aceptarlo. Tú sabes
para qué es esa poción, y yo no te lo voy a decir, ¡No, señorita! Yo no te lo
diré por que tú ya lo sabes y no me gusta repetir las cosas. Sólo te diré que
ese Sempere te ha tomado el pelo, señorita. Te ha robado algo y lo que te ha
quitado es mucho más importante que el estúpido dinero, aunque eso tú ya lo
sabes. Lo sabes pero no quieres admitirlo." Natalia movió la cabeza para alejar
de su mente ese pensamiento y lo consiguió. Cerró de nuevo la botella y la
volvió a depositar en su escondrijo. Colocó otra vez el cajón en su sitió y se
desnudó hasta quedar en ropa interior. Se dejó caer de espaldas sobre la cama y
no tardó en quedar dormida.


No le sorprendió que su sueño empezara en una clase de
matemáticas. Ella estaba sentada en el último pupitre de la clase, y todos sus
compañeros la observaban directamente. El señor Gonzalves, su maestro de
matemáticas, la miraba indignado desde la tarima con una regla en la mano.
Estaba vestido como uno de los profesores de universidad de las películas
norteamericanas. Pantalones de pana, chaqueta de tweed y camisa blanca.


- ¡Señorita Rivelles! ¿Podría repetir lo que acaba de decir?


No, no podía. No sabía lo que le acabaría de haber dicho,
pero estaba seguro de que no era algo bueno, dado la cara con la que la miraba
su profesor.


- ¡Señorita Rivelles! ¡Salga al encerado!


Natalia se levantó y contempló como todos los ojos de la
clase la estaban mirando fijamente. Ella no sabía qué miraban con tanta
expectación, pero en cuanto se puso a caminar, el aire la hizo caer en la
cuenta. Estaba desnuda. Estaba desnuda y todos sus compañeros (y compañeras) la
estaban mirando fijamente. Su primer impulso fue tapar su cuerpo con las manos y
salir corriendo, pero su cuerpo no le respondía. Se había convertido en una
observador pasiva de su vida a través de sus propios ojos.


Natalia avanzaba por entre las filas de pupitres. A medida
que iba dejando atrás a sus compañeros, éstos desaparecían como el humo. Poco a
poco se fue quedando a solas con el profesor, que la esperaba golpeando la regla
sobre la palma de su mano. Tap… tap… tap… Natalia estaba nerviosa. El golpeteo
de la regla sobre la mano del señor Gonzalves era de todo menos tranquilizador.


Al final, después de un paseo largo de su cuerpo desnudo a
través de toda el aula, Natalia llegó a la tarima donde el señor Gonzalves la
esperaba.


- Y bien, señorita Rivelles… ¿Podría repetirle a la clase lo
que acaba de decir?


Natalia estuvo a punto de decirle que no había nadie en la
clase, que sólo estaban allí ellos dos, pero al final se calló.


- ¿Podría repetirlo?- la paciencia del profesor parecía estar
a punto de agotarse.


Natalia negó con la cabeza, mientras sus ojos miraban
fijamente esa regla que el profesor hacía golpear en su mano. La sonrisa del
señor Gonzalves adquirió por un momento unos tintes grotescos y maquiavélicos
que a Natalia le pusieron los pelos de punta sobre la piel desnuda.


- Muy bien, señorita Rivelles. Ahora escribirá en la pizarra
cien veces: "El señor Sempere no miente nunca".


Natalia asintió. En ese momento no tenía voluntad. Todo lo
que hubiera dicho habría sido rápidamente obedecido y sin rechistar. Cogió una
tiza con una mano temblorosa y se giró hacia la pizarra.


- Mientras tanto, veamos qué puedo hacer con esto.- dijo el
profesor arrodillándose detrás de su cuerpo desnudo y abriéndole un poco las
piernas a la joven. Natalia comenzó a escribir con trazo inseguro y débil lo que
el profesor le había dicho. Sin embargo, cuando sólo había escrito El, el señor
Gonzalves comenzó a pasar su lengua por el sexo y el ano de la joven alumna.
Natalia dejó caer la tiza cuando sintió el húmedo contacto de la lengua de su
profesor en su sexo. Sintió que se mojaba casi al instante. Con un gemido,
Natalia comprobó cómo la boca del señor Gonzalves pasaba de su sexo a su ano.
Colocó las manos en la pizarra, dejando dos marcas de sudor en el fondo verde.
Se mordió ligeramente el labio inferior cuando la lengua de su profesor dejó de
acariciar para sumergirse en el fondo de su ano. No aguantaba más, su cachondez
iba en aumento, necesitaba algo entre sus piernas ya. Así, bajó su mano y se
internó por entre sus labios mayores, rozando levemente el clítoris, metiendo el
dedo medio hasta el fondo, elevando gemidos de placer al silencio oscuro de la
habitación en la que dormía, y de la clase en la que soñaba.


De repente el señor Gonzalves dejó de usar su lengua y se
levantó. Ya estaba desnudo. Cogió su polla con la mano derecha y se la hincó
toda de una en el culo de la joven, que se sintió aplastada contra la pizarra.
Durante un momento le pareció sentir un rastrojo de dolor, pero enseguida fue
silenciado por el placer. La polla del profesor iba y venía entre las nalgas de
la joven, que se esforzaba en no desmayarse de placer. Sentía como la virilidad
de ese hombre la estaba destrozando, pero no le importaba. Se entregaba a sus
embestidas como si se le fuera la vida en ello. De vez en cuando el hombre le
ponía su boca en la oreja y le decía "¿Te gusta, puta?", "¡Qué puta que eres!",
"Me encanta follarte por el culo, guarra". Todo esto a Natalia le excitaba
mucho, no sabía por qué, pero en ese momento le encantaba que la trataran como
una puta. Quizá, por que en ese instante se sentía así, como una completa
fulana. La polla del señor Gonzalves parecía crecer de tamaño en el ano de
Natalia. Natalia estaba disfrutando con todo esto, quería que la follaran más y
más hondo, que se la clavaran hasta la frente, que la empalaran completamente.
Sus pechos se aplastaban contra la pared mientras el miembro de su profesor la
embestía cada vez con más violencia. Su culo se abría al agresor, sabía que ese
hombre iba a hacer lo que quisiera con ella. Sentía la polla de su profesor
abrirse paso a través de su esfínter, introduciendo toda su carne en su interior
hasta que los testículos le botaban contra sus nalgas. Sin embargo, Natalia no
sentía dolor. Su cuerpo se estremecía de placer, mojando su sexo hasta límites
insospechados. Su mano se internaba en su vagina, pero quedaba aplastada entre
su cuerpo y la pizarra a cada embestida del señor Gonzalves, que la penetraba
con violencia creciente.


- ¡AH! ¡AAHH! ¡AM! ¡AAAAAAAAAAHHHHHH!- Natalia comenzó a
correrse desesperadamente. Su sexo se convertía en un río desbordado que la
llenaba de placer. Notaba como si sus pezones fueran a hacer de un momento a
otro un agujero en la pizarra. El señor Gonzalves, viendo que ya había hecho
correrse a su pequeña alumna, acabó dentro de ella, dejándole el esfínter
desbordando semen. Natalia aún quería más. Sin embargo, nadie había ya allí para
darle placer. Su profesor había desaparecido dejándola sola en la clase. Se
tumbó encima de la mesa del profesor y comenzó a masturbarse frenéticamente. Sus
gritos llenaban el aula. De repente, miró hacia el último de los pupitres de la
clase, donde ella se solía sentar y vio que no estaba sola. Su abuela la miraba
fijamente con una cara inexpresiva. Su abuela muerta la estaba mirando mientras
ella continuaba metiéndose los dedos en su vagina con gran celeridad. La
excitaba saber que alguien la estaba mirando mientras se masturbaba, aunque ese
alguien fuera su difunta abuela. Natalia volvió a correrse otra vez antes de que
unos golpes en la puerta la sacaran de su ensimismamiento.


Natalia abrió los ojos. Alguien estaba aporreando la puerta
de su habitación. Involuntariamente, su mirada se dirigió al instante hacia su
escondite. No parecía que nadie lo hubiera tocado y Natalia respiró aliviada.


- Natalia, ¿Pasa algo?- su padre era quien le hablaba desde
el otro lado de la puerta.


La joven se levantó de su cama y descorrió el pestillo. Abrió
la puerta y se encontró el metro ochenta y cinco de su padre ocupando casi todo
el marco de la puerta.


- ¿Te ha pasado algo? Te hemos oído chillar y…- su padre fue
bajando la intensidad de sus palabras. Lo que le estaba diciendo se perdía en la
sugerente ropa interior de su hija. Las braguitas rojas estaban completamente
mojadas, y hasta un hilillo de los fluidos de Natalia se resbalaba por sus
perfectas piernas.


- No. Es que… tuve una pesadilla.- Natalia se rió por dentro.
De ahora en adelante tendría que aprender a masturbarse más en silencio para que
sus padres no la oyeran. Sin saber por qué lo hacía, Natalia alargó una mano y
la posó delicadamente sobre la mejilla de su padre, acariciándolo.- Me gusta que
te preocupes tanto por mí, eso significa que me quieres…- Dijo, con una voz
coqueta y sensual, capaz de derretir el acero.


- Pues… cla-claro que me preocupo por ti, mi niña.- Los
noventa quilos de peso de su padre temblaban confusos, y Natalia sonrió
maliciosamente al saber que ella era la causa de eso.- Bueno… pues entonces…
nada, me-me vuelvo a mi cuarto.


- Adiós, papito.- Natalia volvió a cerrar la puerta y se tuvo
que tapar la boca para no reírse estruendosamente. Le había divertido manipular
así a su padre… "¿De verdad te ha divertido, señorita?" la voz de su conciencia,
la voz de su abuela volvió a hablarle. Natalia se quedó petrificada al pensar lo
que acababa de hacer… "¿Ya sabes lo que te ha quitado ese señor Sempere?" la voz
de su abuela seguía en su mente.


En el pasillo, el padre de Natalia volvía hacia su habitación
con una erección considerable. No podía entenderlo, se había excitado con su
hija. Claro, que toda la culpa no era de él, su hija lo había buscado. Entró en
su cuarto y se acostó al lado de su esposa.


- ¿Qué había pasado?- su mujer lo decía más por acto mecánico
que por verdadero interés.


- Nada. Que había tenido una pesadilla.- El señor Rivelles
sabía que no era cierto, pero ahora la mentira y la verdad estaban muy lejos de
ser su principal pensamiento. Echó un vistazo al reloj y vio que eran las tres
de la mañana. Las tres de la mañana y él con una erección más que notable. Le
puso una de sus manos en el hombro de su mujer, que le daba la espalda
intentando volver a conciliar el sueño. La mujer no tardó en comprender qué era
lo que quería su marido y se giró. Lo besó apasionadamente y se sorprendió de la
gran empalmada que llevaba. A los dos minutos, ya estaban haciendo el amor. La
esposa se entregaba a la brutalidad silenciosa de su esposo mientras él cerraba
los ojos y pensaba que estaba follándose a su hija.


 



Relato: La tienda (1: la poción)
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