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Relato: Menú anal

Relato: Menú anal

  

Estoy aterrado. Mi novia ha decidido que una gobernanta
profesional me discipline como crea más conveniente para castigar mi negativa a
hacerle un beso negro.





Créeme, gusano, hubiera sido mejor para ti proporcionarme
el placer que te solicité. –





Yo, ¡ignorante!, no concebía la posibilidad de que se me
pudiera aplicar un correctivo más repugnante y severo que dar lengüetazos en un
esfínter.



Llegamos al sitio. Llamamos al piso. Una voz agradabilísima
contestó.





Venimos por lo del ass worship. –


O.k. Suban, por favor. –





Vale, ya no estoy tan asustado. El tono de aquella voz me
calmó un poco. No podía ser tan terrorífica la dueña de una voz tan angelical.
La puerta se abrió y...:





Podéis llamarme Ismael. –





No, no es mi nombre. Sólo es que me ha venido a la cabeza la
frase con que da comienzo la novela de Melville. Y delante de mí estaba la
ballena asesina.





Madre.... –





Debía pesar por lo menos un quintal. Era morena, el pelo
largo. Guapa de cara. Por lo demás parecía una valkiria de ópera. Al verla, los
ojos se me desorbitaron, y aún así eran incapaces de hacerse una idea precisa
del tamaño de aquella mujer, aquella titánide.





Hola. Marta, ¿verdad? –


Sí, hola, es un placer. ¡Muac, muac! –





Mientras ellas se saludaban yo empecé a atormentarme
forjándome una idea de los suplicios a que semejante coloso podría someterme sin
que pudiera ofrecer la más mínima y ridícula resistencia.





Supongo que éste es el esclavo desobediente, ¿no? –


Sí, él es. –


Bien, vas a ser buen chico y te desvestirás aquí,
mientras tu señora y yo concretamos en qué consistirá tu penitencia. –





La ama me sonrió y me dio un suave pellizco en la mejilla.
Podría, si hubiera querido, hacerme un buen moratón, pero resultó una caricia
delicada. Marta en cambio frunció el ceño y no me dijo nada.



Me quedé solo en el cuarto. La ventana estaba abierta. Miré
por ella. No había nadie que pudiera verme, por fortuna. O quizás para mi
desgracia, porque quien sabe si tendría que pedir auxilio durante el
"tratamiento de choque" que estaba a punto de padecer.



Empecé por fin a quitarme la ropa: zapatos, camisa, cinturón,
pantalones de vestir, calzoncillos... Estaba empalmado por completo. ¿Eso
agravaría el castigo, lo reduciría? Pensando en eso mientras me miraba el pene
tieso, regresaron las terribles mujeres. Lo primero en que se fijaron,
casualmente, fue en que tenía todavía los calcetines puestos.





Quítatelos, que estás ridículo. – me dijo Marta, y
obedecí.





Por fin, completamente desnudo para ellas fui examinado
concienzudamente por la obesa dominatriz. Apenas se detuvo en mi miembro. Le
interesaba más mi constitución física general.





Está un poco flacucho. – le comentó a Marta, mientras sus
dedos palpaban mis costillas. – Será muy sencillo someterlo. –





Uyuyuy... Esto se pone feo.





Bueno, pues cuando quieras. – dijo Marta, me dedicó una
mirada despectiva, recogió su bolso y se fue.





Cuando la puerta se cerró tras ella, me giré para enfrentarme
a los ojos a la nueva dueña de mi cuerpo. Me pasó los brazos por el cuello y se
me quedó mirando, sonriente, un buen rato.





¿Quieres tomar algo? ¿Un refresco? –


Eehhh... No... quiero decir... no sé. –





Lo peor que te puede pasar con un ama, es que sea cariñosa.
¡Esas sí que son malas! Te tienen en una tensión constante. Parecen angelicales,
pero tienen mente diabólica.





Tengo un licorcito que creo que te va a encantar. –


Mmmm... Bueno, como usted quiera. –


Llámame de tú, Elvira. –


Ah... Elvira, muy bonito. –


¡Gracias! Siéntate que enseguida lo traigo. –





Se fue hasta el aparador y trajo una botella sin etiquetas y
dos copas. En una apenas echó un dedo del dorado brebaje. La otra la lleno. Me
dio la segunda.





¡Salud! –





Se sentó a mi lado y pasó sus enormes piernas sobre mis
muslos desnudos. Llevaba una falda corta, pero no mini, y calzaba unos preciosos
zapatos rojos de un tacón considerable. Debía ser bastante molesto andar con su
sobrepeso con ellos, pero parecía no importarle; es más, le daba a sus
movimientos una cadencia especial, a la que se unía la voluptuosidad absoluta de
sus curvas. Cual venus de Willendörf.



Apuro el fondito de su copa de un trago y se relamió. Luego
me invitó a que vaciara la mía del mismo modo. Olí el licor. Me sonaba de algo,
pero no recordaba de que. Me la eché al colato... ¡y por poco muero!





¡Aaaahhhh, es absenta o algo peor! –





Toda la garganta me quemaba, así como los labios y la lengua.
Elvira se echó a reír viendo mis espasmos de escozor.





No sabes beber, ¿eh? –


Agua, por favor. –


¿Agua? Claro. Ve a por ella. –





Intenté levantarme, pero sus piernas me apretaban contra el
asiento. Pesaban más de lo que parecía a simple vista.





¡Por favor, necesito beber agua! –


Bueno, bueno, no chilles. – se burló – Te la traeré
después si te portas bien. –


Sí, sí, pero rápido. –





Se echó hacia atrás, dejando reposar su espalda enorme sobre
el asiento, hacia uno de los respaldos del sofá. Había allí un armarito pequeño
decorado con flores de madera tallada. De él sacó un rollo de hilo, o algo que
parecía hilo, pero más grueso y con apariencia plástica.





Si quieres que te dé de beber, échate hacia delante y pon
las manos a la espalda. –





Obedecí y pronto me ató las muñecas con el hilo, que cortó
con unas tijeras. Se me puso carne de gallina al notar el frío metal de estas
rozar mi piel.





Bien, ahora espera aquí a que te traiga el agua. ¡De
rodillas, como un buen esclavo! –





La quemazón de mi lengua se había mitigado un poco, pero no
lo suficiente como para renunciar a ese vaso de agua. Sus caderas bamboleantes
se alejaron y yo me arrodillé sobre el piso, expectante.



Regresó al poco con una jarra entera de agua, y en la otra
mano, un vasito.





A ver, mira hacia arriba. –





Lo hice y vertió el escaso líquido elemento en mi boca
abierta. Eso no me sació, sino que me dio aún más sed.





Más, te lo suplico, dame más. –





Elvira cogió la jarra y la colocó sobre mí. Dejó caer un
chorro que recibí como si fuera el más delicado y fresco licor del mundo... y a
poco que muero, porque estaba salado como perros.





¡Está salada! –


Sí, pero es agua, ¿no? ¿Quieres más? –


No, no, ya estoy harto. –


Venga, abre la boca y trágatelo todo. –


No creo que pueda... –





Elvira enarcó una ceja y se colocó detrás de mí. Me retorció
una muñeca. Me dolía y me quejé. Me tiró del pelo hacia atrás y vertió otro
chorro de agua salda. Lo escupí. Eso no le gustó. Me agarró los testículos con
una mano y me amenazó, muy seria:





Vuelve a hacerlo y verás lo que es verdadero dolor,
imbécil.-





Y así, con una mano en mis compañones y la otra escanciando
la salmuera, me vi obligado a tragar como litro y pico de agua salada. Me sentía
fatal, todo el estómago revuelto. Me tendría que lavar las tripas con al menos
cuatro litros de agua dulce para no desfallecer. Así se lo advertí, con una voz
quejumbrosa que denotaba mi malestar físico.





Luego, ahora voy a disciplinarte como Marta me ha pedido.


¿Pero esto que acabas de hacerme no es suficiente
disciplina? –


Noooooo. Eso sólo es... el entrante. Y tengo un menú
completo para ti. –





El hilo atenazó mis tobillos, juntándolos con las muñecas de
tal modo que me resultaba imposible permanecer erguido. Me dejé caer hacia
atrás, con el estómago rugiendo. Elvira recogió mi cabeza entre sus muslos. Su
cara vista desde abajo seguía siendo bella, pero su sonrisa y un extraño brillo
en su mirada me hacían temblar.





Abre. – me ordenó, refiriéndose a mi boca.





Lo hice, no fuera que me echara mano otra vez a los
cataplines. Entre sus dedos, sin duda quedarían espachurrados para mi dolor si
no me sometía en todo. Vi que ella formaba un gargajo de saliva y lo dejaba caer
hacia mi boca. Me dio nauseas el sabor metálico de su baba, pero tuve que
tragar. Luego repitió el proceso.





¿Está bueno? –


... –


Bueno, ya va siendo hora de que pruebes otros sabores. –





Se retiró. Pude ver que cogía una pequeña banqueta de apenas
medio metro de alto. Tenía un cojincito encima. En ella dejo reposar mi ya
cansada cabeza, en parte por la incómoda posición, en parte por los efectos de
un estómago lleno de agua salada (y un chupito de saliva que no creo que ayudara
a paliar mi creciente malestar)



Me atreví por fin a preguntar:





¿Qué vas a hacerme? –


Ah, pues yo no mucho. Más bien tú vas a hacerme lo que no
quisiste a tu novia. –





¡Horror! ¡Un beso negro a esa foca! Intenté zafarme, pero
sólo conseguí quedarme tumbado de lado sobre el parquet, meneándome como un
gusano. Elvira suspiró y me volvió a colocar en posición.





No lo intentes otra vez o me enfadaré. –





Y se desabrochó la falda. Yo, remiso en cuanto vi sus
increíbles nalgas a meter mis fauces entre ellas, volví, presa de la
desesperación, a dejarme caer, intentando soltarme del implacable hilo. Elvira
se cruzó de brazos, malhumorada.





¿Ésas tenemos? Muy bien, añadiré un detalle poco
agradable a nuestra sesión. –





Del armarito de donde había sacado el hilo para amarrarme
extrajo un látigo. Lo desenrolló sobre mi estómago y me lo mostró.





No, estoy seguro que Marta no te ha pedido ese servicio.
A ella no le va el spanking. –


Pero a mí sí, y seguro que lo aprobaría, dadas las
circunstancias. –





Lo dejó a mano y me colocó por tercera vez la cabeza sobre la
banqueta. Luego plantó cada una de sus piernas a un lado de la misma,
sujetándome para que no me moviera. Yo, que ya me veía privado de la luz de la
habitación por los muslos, no quería ni mirar, pero me pudo el morbo masoquista
y la tentación de ver mi destino, y abrí los ojos. Sobre mí cabeza, deslizándose
a una velocidad constante y terrible, vi sus glúteos, abriéndose para devorar mi
rostro, parte de su conejo y el agujero negro que se acoplaría sobre mis labios.





Será mejor que me lo hagas bien. –





Noté un repentino escozor en el bajo vientre, demasiado cerca
para mi gusto de mis genitales. Su pelvis seguí descendiendo sobre mí, llenando
mi campo de visión con su piel blanca y sobre todo con ese esfínter del
infierno.





Por favor, esto no. – imploré, pero ella se río y me
latigó la polla con fuerza.





Casi no podía ni revolverme, y mejor era que no lo hiciera,
pues aumentaba mis nauseas. Por eso me quedé muy quieto, paralizado. Las nalgas
se posaron sobre mí nariz, separándose a uno y otro lado, y mis labios, aunque
quisieron escapar haciendo muecas y contorsiones, pronto notaron el contacto
caliente del ano de Elvira. Estaba atrapado.



Oscuridad. Mis sentidos estaban prácticamente bloqueados. Al
principio notaba el peso enorme de Elvira acumulándose sobre mi cara, bloqueando
mis vías respiratorias. Pero pronto, en cuanto encontré, forzando mi diafragma y
mi instinto de supervivencia, el modo de apropiarme de un suministro de aire,
dejé de preocuparme de ello.



De repente, un seco golpe me hizo estremecer. Luego otro, y
otro más, y un cuarto, todos lacerando mi pene. Y una voz, la de Elvira,
gritándome:





Ya está. Ahora empieza a lamérmelo como el perro que
eres. –





No hice caso. Los latigazos siguieron cayendo, con una
cadencia más agresiva, haciéndose insoportables. Tuve que abrir la boca y besar
aquel ano. Su escasa rugosidad fue la primera sensación que tuve. Junté mis
labios y acaricie la entrada al recto de la dómina.





¡No es suficiente! –





Saqué la lengua y la paseé por toda la zona que me era
posible alcanzar que no fuera el agujero propiamente dicho. Nuevos latigazos que
mortificaban mis partes más sensibles me informaron que tenía que ir más lejos.



Por fin, busqué la abertura con los labios y, frunciendo el
ceño por el asco, introduje la lengua en él. Sentí con pavor que los músculos
del esfínter reaccionaban al contacto, cerrándose. La saqué de golpe y fui
premiado con una severa azotaina.





¿Quién te ha dicho que has terminado? ¡Métela otra vez y
explora mi culo a fondo! –





Obedecí, conteniendo a duras penas las lágrimas. Mi lengua
llegó varios centímetros en el interior de Elvira, saboreando para mi pesar su
gusto a... pues a algo extraño. No era caca. Era una esencia diferente, ajena al
cuerpo. Cuando lo descubrí me quedé perplejo. ¡Melocotón!





Vaya, parece que ya has descubierto con que me hago las
lavativas. – dijo Elvira, y fustigó mi cada vez más erecto aparato con
delicadeza.





Profundicé hasta donde fui capaz y no logré extraer otro
sabor que no fuera ese. Elvira estaba a gusto, lo noté en el modo de flagelarme
los bajos.





Muy bien, muy bien. Recuérdalo para cuando Marta te
ordene adorarla el orificio prohibido. –





Luego me ordenó parar y se quedó durante varios minutos sobre
mí, disfrutando de la sensación de tener la cara de un hombre debajo de sí;
sensación ésta que terminé tolerando y disfrutando, a pesar de mi absolutamente
opuesta perspectiva.



Pensé en muchas cosas, pero sobre todo me concentré en lo que
sentía. No lo podría definir con exactitud, pero creo que el que mi cara
sirviera de asiento a Elvira fue una de las experiencias más plenas en el campo
de la sumisión de las que he gozado. Cegado casi por completo, notando el
contacto permanente de unas nalgas femeninas en mi rostro, con el resto de mi
cuerpo expuesto a sus caprichos, era sentirse lleno, como si una necesidad vital
se viera saciada durante esos momentos.





Bueno, nene. ¿Qué tal ha ido la cosa? –


Sensacional. ¿Quieres sentarte sobre mi cara, por favor?





Dedicado a todos los amantes del face sitting y de la polca
bailada al estilo magiar (si es que los hay, que no tengo ni idea...)


 



Relato: Menú anal
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