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Relato: Viaje nocturno

Relato: Viaje nocturno

  

Fui uno de los últimos en sacar el ticket para aquel viaje a
Mendoza que debía hacer por cuestiones de trabajo. Por lo tanto, cuando ascendí
al autobús me di cuenta de que me había tocado la ventanilla del último asiento.


El pasaje estaba bastante completo y el ómnibus salía a las
12 de la noche.


Estaba algo cansado y acomodé mis cosas pensando en
aprovechar toda la noche para dormir. Probé reclinar el asiento y comprobé que
era muy confortable, espacioso y ancho. Eran los dos últimos asientos linderos a
la entrada del toilette. Había tomado la precaución de tomar un servicio de
coche cama, obviamente.


Mientras ponía mi bolso en el compartimiento de arriba, vi
apenas como la gente iba subiendo y se acomodaba. Enseguida me llamó la atención
un hombre alto y canoso que subió casi último y que buscaba su asiento caminando
inclinado por el pasillo. Cuando me fijé mejor pude ver que tenía el blanco
cuello sacerdotal sobre la camisa negra. Llevaba saco y pantalón del mismo
color, y de lejos también veía que llevaba unos anteojos de armazón algo grueso
y oscuro. Se detuvo ante lo que sería su ubicación. Estaba unas cuantas filas de
asientos adelante. Sonrió débilmente a la acompañante que le había tocado en
suerte, una señora muy corpulenta que para colmo de males llevaba en brazos a un
chico de muy corta edad.


Ya iba a sentarse, cuando miró ávidamente hacia todos lados
para ver seguramente si había algún asiento vacío, antes de resignarse a viajar
en el espacio tan reducido que le dejaban las rebosantes carnes de aquella
señora.


Pensé: "No, no, no mires hacia aquí, no mires hacia aquí..."
Claro, yo esperaba viajar estirado y muy cómodo en mi asiento doble que
aparentemente no tenía ocupante. Miré junto a él para ver si alguna fila tendría
un asiento libre... pero, todo indicaba que no.


El micro se puso en movimiento mientras agitadas manos
saludaban hacia el andén. Ya el sacerdote iba a sentarse en su asiento, cuando
su mirada escrutadora cayó finalmente sobre el asiento libre que estaba a mi
lado. Yo miré hacia otro lado, mientras sentía que toda su negra y corpulenta
figura venía hacia el final del autobús.


-Disculpe usted, ¿Este asiento está ocupado?


Yo lo miré con desgano.


-No...


-¿Le molestaría si lo ocupo yo?, verá usted...


Lo miré nuevamente mientras me explicaba lo sucedido,
diciéndome que en realidad había cedido el asiento a aquella señora gorda para
que viajara más cómoda con su hijito. Se sonrió como disculpándose de haber
pensado también en su propia comodidad, claro. Ahí me di cuenta de que su
cabellera canosa, que me había dado la primera impresión de que era una persona
mayor, enmarcaba un juvenil y aniñado rostro de un hombre que no tendría más de
30 años, pues calculaba que tendría unos cinco menos que yo. Sus lentes no
podían ocultar unos ojos castaños y grandes, de negras pestañas; ni esas
facciones armoniosas y masculinas, acentuadas por una nariz recta y una boca
grande de labios carnosos. Ese aspecto juvenil, contrastaba llamativamente con
su prematura canosidad. Las manos grandes, fuertes, venosas y velludas, se
movían gesticulando cada acento pronunciado, indicando finos y medidos modales.


Ya estábamos en camino y saliendo del centro de Buenos Aires
cuando el cura se sentó después de la breve charla que habíamos tenido y de
haber dispuesto su equipaje de mano apropiadamente. Sacó un libro y empezó a
leer. Yo, un poco molesto aún por la imposibilidad de estirarme a mis anchas
para dormir mejor, me puse a mirar por la ventanilla y no le di más vueltas al
asunto. No hablamos. No siquiera nos miramos.


Cuando, ya fuera de la ciudad, en el coche se apagaron las
luces, el cura prendió su lucecita individual y siguió leyendo. De reojo podía
ver esas grandes manos ojear cada tanto el libro. Pronto sentí sueño y cerré la
cortina de la ventanilla, acomodándome al mismo tiempo para dormir. Me quité los
zapatos, me desajusté un poco el cinturón, como hago habitualmente, y eché la
chaqueta sobre mi torso, cubriéndome hasta el cuello. Dirigí una última mirada
velada hacia mi compañero de viaje, que seguía concentrado en su lectura, y me
fui durmiendo.


No sé bien cuanto tiempo pasó entonces. Pero una detención
del coche hizo que me despertara. Yo estaba de costado, con el torso girado
hacia mi acompañante. Ambos asientos estaban reclinados totalmente. Entonces me
percaté de que mi brazo había caído, durante el viaje, sobre el costado del
torso del sacerdote, que dormía profundamente boca arriba. No sabía aún porqué,
pero de pronto ese contacto me hizo sentir un placer tremendo, como si además
violase un territorio prohibido. Muy lejos de sacar la mano de ese pecho ancho
que subía y bajaba bajo mis dedos, me dediqué a corroborar que el cura estuviera
dormido. La pesada respiración me lo indicaba. Ya no estaba prendida la lucecita
que había dejado antes de dormirme, y su libro estaba acomodado en el bolsillo
del asiento, junto a sus lentes.


Miré su rostro. A través de la penumbra y con la ayuda de
algunos intervalos de claridad que se filtraban desde la ventanilla, volví a
mirar aquel rostro que ya me pareció irresistiblemente atractivo. Tenía la boca
entreabierta y casi me llegaba su aliento en cada expiración. Vi sus largas
pestañas, sus gruesas y negras cejas. Había una paz inmensa en esa expresión. Me
quedé así un largo rato. Desvelado totalmente. Mirándolo dormir y sintiendo la
maravillosa sensación de ese contacto con su pecho firme y caliente. Mi mano se
llenaba de su pectoral redondo y bien formado, hasta sentía empujar sobre mi
palma, un pezón duro y enhiesto.


Al principio sentí un delicioso cosquilleo en mi entrepierna
y bajo vientre, luego mi miembro empezó a endurecerse y mi mente se llenó de
deseos incontenibles. Fue cuando el bus atravesó inesperadamente un pozo en la
ruta y mi mano saltó con el resto de la carrocería sobre ese pecho ancho.
Inmediatamente cerré los ojos y me hice el dormido. Pero no osé retirar la mano.
El cura se había despertado con ese movimiento abrupto. Nuestras caras estaban
muy cerca y yo podía sentir cada uno de sus movimientos. Sentí entonces como él
se había sobresaltado un poco, giró su cabeza. Se movió un poco. Sí, estaba
despierto y seguramente observaba toda la situación en la oscuridad.


Mi brazo caía pesado, muerto sobre el costado de su pecho.
Podía sentirlo muy bien ahora, podía sentir que algo se movía pero no demasiado,
como si temiera despertarme o algo así.


Por fin, el movimiento del coche siguió con su uniformidad y
sentí que el sacerdote se quedaba quieto. Pero: ¿Estaría durmiéndose nuevamente?


Me quedé a la expectativa. Un movimiento de mi pelvis hizo
corcovear a mi verga que entre los pantalones pujaba por salir afuera. Pero no
me moví casi. La respiración del cura no era ya pesada como antes. Hasta podría
haber afirmado que tenía miedo de respirar casi. El pecho subía y bajaba ahora
muy contenidamente. Pasaron largos minutos. Los dos permanecíamos inmóviles. Su
pecho estaba muy caliente. Podía sentirlo en mi mano. Ya empezaba a entrar en un
sopor nuevamente, cuando algo me hizo prestar mucha atención.


Estuve muy alerta. Noté que el hombre se movía muy levemente.
Sentí sus brazos cambiar de posición, algo estaban haciendo. Entonces, ocurrió
algo que me pareció increíble. El sacerdote, con mínimos movimientos, ...¡empezó
a desabotonarse la camisa!. Pude notar eso desde el principio casi, porque mi
mano percibía cada movimiento. Comenzó por el cuello, y, muy, muy lentamente,
como para que yo no me diese cuenta apenas, continuó con el segundo botón. Luego
con el tercero, el cuarto. Así, sentí pasar por encima de mi brazo los suyos y
desabrochar hasta el último botón de su camisa negra. Mi brazo permanecía
impávido. Lo que siguió fue tremendamente sensual: Una vez desabrochados todos
los botones, con sus manos tomó ambas partes de la camisa y la fue abriendo. Mi
mano, con peso muerto aún, sentía como la tela se deslizaba debajo de ella. El
cura abrió así toda su camisa, a punto tal que la tela dejó paso a su torso
desnudo. Mi mano quedó apoyada sobre él. Sentí ese contacto y me estremecí de
placer, incrédulo aún.


Era extremadamente velludo. La sensación de tocar esa suave
textura, ese calor ardiente, mezclado con la sensualidad de sus pelos, hizo que
mi verga empezara a gotear grandes cantidades de líquido transparente.


Entonces fue mi turno. Mi mano, que ya no podía permanecer
quieta, empezó a hacer unos mínimos y pequeños movimientos. Sobre su pezón
izquierdo, mi mano se movía suavemente en círculo. Sentí que él respiraba
entrecortadamente. Serían las tres de la mañana. Todo el mundo dormía a bordo. O
al menos eso creíamos. Mi mano lentamente cobró vida y tomó dulcemente el pezón
del cura. Inmediatamente, éste suspiró profundamente. Yo seguí acariciando,
explorando esa maravillosa mezcla de pelos, músculos y piel. Nos acercamos más y
más. Mi mano fue descendiendo. Bajé por el medio de sus pechos. Seguí por sus
músculos abdominales, me metí en su ombligo y ahora sentía que el vello se hacía
más frondoso. Bajé un poco más y me topé con su cinturón. Entonces lentamente
tomé la hebilla y con toda la paciencia del mundo fui desabrochándola hasta que
quedó suelta. Tomé el primer botón. Lo desabroché también. Cuando fui por el
segundo, casi bruscamente, muy firme, su mano me detuvo. "Vamos, no será este el
momento de pensar en el voto de castidad, ¿no?", pensé para mis adentros.


Y con infinita ternura acaricié sus dedos, uno por uno. Su
mano se fue ablandando por completo y ya no representó obstáculo. Había cierta
resistencia, si, pero mi mano insistió... y ganó. Cuando desabotoné el último
botón, y ayudado por su movimiento, le bajé los pantalones hasta los muslos.
Eran amplios así que no tuvimos mayores inconvenientes. Tomé el elástico de sus
calzoncillos, lo levanté bien y metí una mano.


¡Oh, Dios!, ¡el sacerdote tenía un miembro descomunal ahí
adentro! Mi mano chocó contra un palo erguido y duro, lleno de líquido caliente
y resbaloso. Ante el contacto con mi mano, el cura no pudo menos que lanzar un
breve gemido, cuidando de no hacer ruido. Le bajé los calzoncillos y tomé entre
mis dos manos ese aparato largo y grueso. Era un crimen someter eso a una
estúpida castidad de por vida. Él mismo terminó de bajarse los pantalones y los
calzoncillos hasta los tobillos. Después se volvió hacia mí y me tomó entre sus
brazos. Se lanzó encima mío y me besó. Su lengua enseguida se introdujo en mi
boca ávida de tragar su boca maravillosa.


Con una mano buscó mi entrepierna y torpemente empezó a
abrirme la bragueta. Mi bulto chocaba contra su mano y eso excitaba más y más mi
pija. Cuando por fin bajó mis pantalones, abriendo mi boxer, sentí su caliente
mano abrazar toda mi pija, que saltó hasta él y se frotó contra su cuerpo.
Después se incorporó un poco y me empezó a abrir la camisa. Estaba agitado y
ansioso, como si hubiera pasado mucho tiempo desde la última vez. Mi camisa
quedó abierta y él se lanzó a chupar todo mi pecho. Me lamió cada parte,
peinando mis pelos con su lengua, mordisqueando mis tetas y amasándome con esas
manos enormes. Yo lo tomaba por la cabeza, acariciando ese abundante pelo casi
blanco. Volvimos a besarnos. Las lenguas se salieron de las bocas y siguieron
devorando nuestras caras. Chupé y lamí sus ojos, su nariz, su frente. Esto lo
enloqueció y tomando mi camisa la deslizó hasta quitármela por completo. Yo me
quité el resto de la ropa, por lo que quedé completamente desnudo.


Nadie podía vernos. Todo en semioscuridad. El sacerdote se
quitó también la camisa y nuestros pechos se frotaron entre sí con vibrante
intensidad. Gemíamos en silencio, susurrábamos quejidos, aullidos y pequeños
rugidos. Él se puso sobre mi y nuestras vergas se juntaron en una. Así empezamos
a movernos hasta casi perder la noción de donde estábamos realmente.


En eso estábamos cuando yo, al advertir que alguien se
aproximaba, casi lancé un grito del susto. Una figura a contraluz se acercaba
rápidamente por el pasillo.


-¡Cuidado!-alcancé a decir entre susurros.


Los dos, manoteamos rápidamente las chaquetas de cada uno y
apenas nos pudimos cubrir cuando el hombre ya estaba a dos metros de nosotros.
Era alguien que venía al toilette que estaba frente a nuestros asientos,
obviamente. En ese momento, inoportunamente, una luz entró por la ventanilla y
pude ver que se trataba de uno de los dos conductores que tripulaban el bus. Era
un tipo de bigotes, de unos cuarenta años, alto y de contextura ancha. Llevaba
un uniforme gris y vestía corbata azul.


El cura y yo volvimos a quedarnos quietos, intentando
disimular todo lo posible. En tal caso era difícil. A duras penas estábamos
cubiertos. Sólo la oscuridad reinante podía ser nuestro cómplice. Yo ya me
imaginaba un escándalo: Detenido por tener sexo en un transporte público ¡Y
encima con un religioso! Nos quedamos petrificados y aterrorizados. Aunque la
situación no dejaba de ser excitante. De hecho estábamos los dos completamente
al palo.


El tipo pasó a nuestro lado y se metió en el baño. Yo
ignoraba si se había dado cuanta de algo, pues intenté aparentar que dormía. Los
dos hacíamos lo mismo. No atinábamos ni a vestirnos.


El hombre permaneció adentro del baño unos minutos. Miré al
sacerdote. Solo tenía encima su saco negro. Las peludas piernas quedaban al
aire. Hubiera sido imposible empezar a rescatar los pantalones. Yo, estaba en la
misma situación.


Con los ojos cerrados, sentí que la puerta del retrete se
abría de repente. Pero curiosamente, no escuchaba que el tipo saliera y se
fuera. Entreabrí apenas los ojos y pude ver la sombra del conductor de pié
dentro del baño, también a oscuras, y podía advertir que se estaba arreglando la
corbata. Mientras lo hacía, era evidente que el tipo estaba mirándonos,
observando cada detalle. El cura también se había dado cuenta, porque permaneció
inmóvil.


Todo el pasaje dormía pesadamente.


Esperé lo peor. El conductor ya se habría dado cuenta de lo
que sucedía. En ese momento, temblé al pensar que seríamos presa fácil de un
conductor homófobo.


En un momento la oscuridad fue absoluta. Y lo próximo que vi,
fue al conductor de bigotes, entre la penumbra, arrodillarse frente al cura.
Abrí bien los ojos y mi mirada se encontró con la del sacerdote, que estaba tan
asombrado como yo.


El tipo, frente a nosotros, tomó la chaqueta del cura y la
apartó. Con la otra mano empezó a tocar la pierna desnuda del sacerdote. La pija
erecta se irguió hacia arriba y el conductor la tomó entre sus labios. Estiró
una mano hacia mí y empezó a masturbarme.


No podíamos creer lo que pasaba. Se acercó más sobre nosotros
y no dejó de chupar la verga de mi compañero. Con un movimiento saltó
directamente a la mía. Se la tragó entera, hasta el fondo, en medio de mis
gemidos reprimidos. Yo sentía rozar sus bigotes sobre mi pubis, mis bolas, mi
glande y a cada contacto de esos me estremecía inconteniblemente. El cura se
acomodó cerca de mí y las dos pijas entraron entonces en la boca de ese hombre.
No dejaba de lamer, de chupar y de tragarse nuestro precum. Él, se desanudó la
corbata, se desabrochó la camisa y el cura lo ayudó a abrirse el pantalón. Mis
manos alcanzaron a tocarlo entonces. Me metí por su pecho, sin pelos, liso y
suave y carnoso. Sus pezones se endurecieron y crecieron con mis caricias. El
sacerdote, mientras, le bajaba los pantalones. Pronto, junto a los calzoncillos,
quedaron a la altura de sus tobillos. El tipo se incorporó y su pija, más ancha
que larga, salió disparada apuntando al techo. El prepucio aún cubría su cabeza
lustrosa y suave. El cura la descapulló con un movimiento rápido y se la metió
en la boca. Yo acudí en su ayuda y empecé a lamerle las bolas. Mi lengua se
encontraba por momentos con la del cura, lo cual me producía aún mayor
excitación.


La situación, por peligrosa, era tremendamente irresistible,
ninguno de los tres podía parar de hacer lo que hacía. Entre los dos, le
terminamos de quitar la camisa al conductor, que quedó tan desnudo como
nosotros. No tenía vello en su cuerpo, pero su verga estaba rodeada de una selva
espesa de pelos largos y enmarañados. Tenía un sublime olor a macho, mezcla de
transpiración con jugo preseminal.


Mientras veía apenas en la penumbra como mi compañero se
tragaba esa gruesa pija, yo me apoderé del culo del conductor. Le abrí las
nalgas con ambas manos y empecé a penetrar ese agujero peludo con mi lengua. Con
sus manos grandes nos tomó las cabezas y empezó a moverse entre nosotros.
Deslicé una mano hasta su tetilla izquierda y empecé a frotar y frotar. Su sudor
llenó mi palma. Respirando aceleradamente, el tipo sacó su verga de la boca del
cura y me ofreció entonces su tronco. Lamí y chupé esa pija en toda su
extensión, sin dejar de mojar las colgantes y enormes bolas con mi saliva.


Entonces sentí que el chofer iba a explotar. Se dio vuelta y
casi sin poder controlar sus movimientos, sentimos el golpeteo de sus chorros de
semen que daban contra el asiento de adelante. Por suerte no estaba reclinado,
si no la leche hubiera ido a parar sobre la cabeza del pasajero de adelante.
Agitado, buscó nuestras bocas y nos despidió con un beso suave.


Nos sonrió y nos dijo en voz muy baja:


-Tengo que regresar. Mi compañero me espera para que lo
releve. Fue un verdadero placer.


Buscó su ropa entre las nuestras y se vistió rápidamente,
desapareciendo en la oscuridad hacia la cabina delantera.


Ni bien pasaron unos minutos, el micro se detuvo en una
estación de servicio. Seguramente, el conductor, estaría relevando a su
compañero.


Al cabo de un breve tiempo, el vehículo prosiguió su camino.
Toda la gente dormía en la oscuridad del coche. Nos miramos. Estábamos más
excitados que nunca. Nos tomamos mutuamente los miembros y comprobamos que
estaban como rocas. Empezamos a masturbarnos muy lentamente. Cada subida, cada
bajada de nuestras manos, nos arrancaba gemidos y suspiros entrecortados. El
sacerdote se puso de costado, dándome la espalda. Yo lo tomé desde atrás,
agarrándolo por los pezones. Metí mis manos entre la espesura de los pelos de su
pecho. Qué suave que era al tacto... Sentía que se estremecía a cada caricia
mía.


Mi verga se posó sobre su culo. Pero él no se inquietó y se
acercó más hacia mí. Entonces yo seguí frotándome cada vez más apretado a su
cuerpo y metí mi pija entre sus dos glúteos. Ahora la punta de mi dura pija
estaba lista para entrar. Con un leve empujón entré en él. Y después de eso,
sólo tuvimos que movernos.


No sé cuando fue que mi pija se deslizó hasta al fondo de su
culo, pero sin darme cuenta, estaba ya con mis bolas golpeándole las nalgas. En
esa posición, estiró su boca y nos besamos, sin dejar de movernos. Sentía todo
su caliente interior raspar y acariciar todo mi tronco, que cada vez se
inflamaba más y más. Estuvimos así una eternidad. Hasta que me dieron ganas de
sentirlo adentro mío. Cambiamos de posición y su verga siempre dura me penetró
haciéndome sentir toda su longitud.


Pero todavía faltaba el último capítulo...


Mientras el sacerdote me estaba dando una cogida magistral,
sentí que una mano me acariciaba el muslo derecho. Me sobresalté. Era imposible,
pues el cura me estaba sosteniendo con ambas manos por los hombros. ¿Qué
sucedía, entonces?


Paralizados por la situación, volvimos a la realidad e
intentamos distinguir quién estaba allí.


-Tranquilos... No se asusten.


¡Era el compañero de nuestro conductor! Nos quedamos
mirándolo, atónitos. Era un hombre de unos cincuenta años, con barba bien negra
y algo calvo. También estaba uniformado. Llevaba el mismo uniforme que nuestro
anterior visitante.


Enseguida algo nos llamó la atención: se había bajado el
cierre de la bragueta y de ella asomaba su verga en semi erección. Era larga y
de cabeza grande.


-Todavía faltan varias horas para llegar a destino. Mi
compañero me dijo que la pasaríamos muy bien los tres juntos. ¿Les molesta
si...?


Y nuestra respuesta fue invitarlo a sentarse entre nosotros.
Era un hombre masculino y tosco, tremendamente atractivo. Él abrió su camisa y
de ella emergieron unos grandes pectorales. Era un tipo musculoso y de
proporciones más bien grandes. Pasó sus brazos por sobre nuestras cabezas y nos
acercó hacia él tomándonos firmemente por los hombros.


Nuestra bocas cayeron sobre sus tetas. Estaban rodeadas de
pelos duros y largos, por lo que era un poco difícil besar esos pezones erectos.
Entre los dos, le desabrochamos el cinturón y el pantalón descendió hasta el
piso. Corcoveando y agrandándose, la pija quedó frente a nosotros. A horcajadas
entre nosotros, sus piernas se abrían sobre las nuestras. La verga le quedaba
pendulando y apuntando hacia arriba. Se la toqué despacio, mientras el cura le
amasaba los huevos. Nuestras bocas se juntaron y de a tres, empezamos a sorber
nuestras propias salivas, lamiendo todo lo que quedaba al alcance de las
lenguas. Tenía una pija que erecta tomaba una forma perfectamente recta. La
cabeza era enorme y remataba de manera desproporcionada el tronco de una
longitud considerable. Con el sacerdote quisimos probar ese nuevo manjar. Y
nuestras bocas se volvieron a juntar sobre ese palo duro.


El tipo debería estar muy caliente, porque casi enseguida,
esa enorme verga, tembló entre nuestros labios y largó una espesa cantidad de
caliente semen, que mojó nuestras mejillas y cuello. El conductor tomó entonces
nuestras vergas y empezó a bombear de una manera frenética pero deliciosa. Cada
mano actuaba febrilmente sobre nuestras pijas, a cada lado de él. Nos agarramos
de sus tetas inmensas y empezamos a frotarlo y sobarlo, mientras nuestras bocas
se unían nuevamente.


Casi al mismo tiempo, el cura y yo nos derramamos sobre el
pecho del conductor. Fue una acabada larga e intensa. Era increíble la cantidad
de semen que vertimos sobre ese ancho pecho.


Fue un viaje muy placentero, por cierto.


Y en las horas que siguieron, volvimos a recomenzar nuestros
juegos y los conductores nos visitaron por turnos varias veces, antes de llegar
a Mendoza.


Cuando llegamos a destino, nos reunimos los cuatro en la
estación terminal


Y los dos conductores quedaron asombrados de que nuestro
amigo fuera sacerdote.


Claro, eso no impidió que el cura nos diera el teléfono del
hotel en el que se hospedaría, ni tampoco fue un obstáculo para encontrarnos en
su habitación al día siguiente y gozar del sexo entre cuatro hombres.


 


Franco.



POR CUESTIONES DE PRIVACIDAD ESTE EMAIL FUE REMOVIDO


 



Relato: Viaje nocturno
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